Las piratas del Rosal
Vivo en Oviedo, bonita capital en la que la limpieza, el orden y la cultura se respiran por todos los rincones. Me gusta Oviedo y me siento orgullosa de mi pueblo, mi ciudad y, sobre todo, me siento muy asturiana.
Soy una madre de una adolescente que como tantas y tantas madres estamos preocupadas por nuestros hijos, queremos que sean «buenos», y en esta etapa de la vida un tanto complicada todavía estamos más preocupados por el camino que puedan tomar o por lo que les pueda suceder. Las noticias nos cuentan casi a diario todo lo que está pasando por el mundo, por nuestro país, ¿por nuestra ciudad?
El sábado 28 de noviembre mi hija de 16 años, con ganas de disfrutar, bailar, reír, en fin, lo que suelen hacer la mayoría de los de su edad, sale junto con sus amigas a disfrutar del sábado por nuestra bonita ciudad, son niñas sanas y llenas de proyectos. Todo marcha normal hasta que de pronto saliendo de un local, en la calle del Rosal, donde suele parar toda la juventud, se les acerca un grupo de chicas más o menos de su misma edad, jóvenes también pero con ganas de hacer daño, mucho daño, con la alegría de ver sufrir, de hacer el mal y sin tener en cuenta las consecuencias que ello pueda ocasionar, las tiran, les dan patadas, golpes e insultos. ¡Horrible! Las niñas, agredidas, indefensas, buscan ayuda en una calle llena de gente, pero la mayoría pasan de la situación y escapan corriendo o miran asustados.
Como consecuencia de tal agresión, que pudo haber sido mucho peor, tenemos golpes, magulladuras, collarín, etcétera.
Como madre afectada, preocupada y un poco avergonzada, voy a ser portavoz de una generación que luchamos en esta vida por la libertad, la tolerancia y la igualdad entre las personas y, sobre todo, por la tranquilidad ciudadana y el bienestar de toda una población. Los jóvenes tienen derecho a pasarlo bien y disfrutar de sus años. Todos cometemos errores, pero para eso, como ciudadanos que todos somos, pedimos un poco de seguridad en nuestras calles para que los jóvenes, si encuentran algún problema, en este entorno tengan una vigilancia a ciertas horas en las que estos niños, porque aún muy niños, tengan por lo menos una garantía de que si se topasen con alguna dificultad puedan pedir ayuda y no sentirse solos y humillados y tirados en una acera.
La vida sigue un ritmo muy rápido, las cosas parece que cada día van más deprisa y hasta los sentimientos de las personas cambian; es todo menos humano y en algunos aspectos en vez de progresar se despiertan en nosotros instintos primitivos y rudimentarios. ¿Será que estamos cansados ya de todo, que nos aburre lo que tenemos y buscamos experiencias fuertes y extravagantes? No lo sé, pero yo lo único que pido, casi exijo, es seguridad en las calles unas pocas horas y un solo día a la semana, ya que estos sucesos, por desgracia, pueden seguir ocurriendo, y si no los atajamos antes, de poco nos va a servir después lágrimas, manifestaciones, duelos masivos de pueblos enteros pidiendo justicia...
Espero que este mi relato escrito desde la indignación, el miedo y la esperanza pueda servir de plataforma para proteger a nuestros chicos y, por lo menos, que cuando salen de casa tan arreglados, con sus mejores galas del sábado y con el bolsillo lleno de esperanza y ganas de pasarlo bien puedan regresar cansados de tanta diversión y felices, pero que no lleguen llorando, ensangrentadas y, sobre todo, con ese miedo marcado en la mirada que quizás les pueda recordar desde su juventud lo dura e injusta que puede llegar a ser una vida.
Venturina Álvarez García
Oviedo
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