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¡Con la cabeza bien alta, que somos maderos!

15 de Marzo del 2017 - Tobit Fernández Vázquez (Gijón)

Recientemente, mientras desayunaba ojeando los titulares más destacados de los diarios locales, una noticia captaba toda mi atención porque me tocaba muy de cerca. En ella se relataba cómo una pareja de policías nacionales de la Brigada de Información eran brutalmente agredidos en las inmediaciones del kilometrín por un grupo numeroso de personas.

Me dirigí a mi trabajo algo sobrecogido por el impacto de lo acontecido. Pasé toda la mañana, hora tras hora, asignatura tras asignatura, mirando a mis alumnos/as con una extraña sensación. Veía sus caras cándidas e ingenuas, sus miradas inocentes y transparentes, esa luz natural que desprenden los niños y me preguntaba constantemente en qué momento y bajo qué circunstancias seres tan angelicales podrían convertirse en adultos desalmados capaces de atacar en grupo y de manera encarnizada a una pareja de policías.

¿Recuerdan estos lectores cómo cuando éramos pequeños nos decían nuestros padres si algún día tienes un problema o te pierdes busca a un policía para que te ayude? ¿Son ustedes capaces de visualizar cómo en los desfiles de Reyes o Carnaval el paso de las motos o coches policiales hacen las delicias de los más pequeños, quienes les saludan con una mezcla de admiración y entusiasmo?

¿En qué están fallando la familia y el sistema educativo como instituciones socializadoras de referencia? Sin duda vivimos una preocupante crisis de valores, de ideales, de principios, de civismo, de reconocimiento a la autoridad y respeto a los agentes del orden público cuando en unos pocos años se pasa de saludar efusivamente a los policías a rodearles en grupo para propinarles una lluvia de golpes mientras ruedan por el suelo intentando protegerse.

Decía que me tocaba el tema muy de cerca, pues en mi familia hay dos funcionarios del Cuerpo Nacional de Policía y, casualmente, los dos agentes agredidos también pertenecen a mi círculo social, por lo cual simpatizo con un colectivo que conozco bien y admiro por su valentía y estoicismo.

Viene a mi memoria una boda familiar en la que el novio, miembro del mencionado Cuerpo, en medio del discurso que brindó a los presentes dedicó unas emocionantes palabras a sus compañeros de profesión en las que relató cómo durante una intervención en un domicilio el ambiente en el exterior se caldeó y se aglomeró una multitud de personas crispadas que les increpaba por su actuación. En el interior del inmueble los agentes comenzaban a inquietarse y a asustarse por la tensión del ambiente. Cuando tenían que salir este chico, que era el oficial al mando, les formó y les dijo: "Ahora vamos a salir sin prisas y tranquilamente porque estamos haciendo nuestro trabajo. ¡Y con la cabeza bien alta, que somos maderos, coño!".

Desde esta columna quiero dar mucho ánimo a A. y M. para que os sobrepongáis cuanto antes a este desagradable varapalo y que los puñetazos y patadas recibidos no enturbien para nada vuestra entrega a la profesión. Espero y deseo que el buen hacer siga siendo vuestra seña de identidad.

Por extensión, también quiero dar las gracias a todos los profesionales de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado que salen a la calle día tras día para garantizar nuestra seguridad. Gracias a esos héroes y heroínas que uniformados, de paisano e incluso fuera de servicio, se entregan a los demás. Gracias a esos hombres y mujeres que salen de casa sin saber si volverán y en ocasiones, sin pretenderlo, pueden convertirse en protagonistas de afortunados o desafortunados titulares.

Sirvan estas letras de homenaje a A. y M. para que el dolor del cuerpo sea superado por el orgullo de esa placa que lleváis en el pecho; a mi hermano y mi cuñado, V. y S., por esos años en el país hostil, y a todos los L., C., J., M., I., S., A., D., R., P., B. y un largo etcétera de iniciales de los nombres que forman este respetable Cuerpo, porque el todos es más que la suma de sus partes.

Y ya sabéis: ¡Con la cabeza bien alta, que sois maderos!

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