Nuestras costumbres
Colgamos de nuestros balcones el Papa Noel, que siendo un viejo gordinflón no sé por qué lo llaman Santa Claus.
Pero ya no ponemos en las ventanas como antes las palmas que los niños llevan a los padrinos el día de Ramos.
En pocas casas se recrean ya poniendo el nacimiento, que es un verdadero disfrute para todos y uno de los mejores recuerdos que conservo de mi infancia junto con la llegada de los Reyes Magos.
Sin embargo, en ninguna casa falta el árbol de Navidad.
Este año recibí la mayoría de las felicitaciones navideñas y los powerpoint con los mensajes en inglés. Estoy cansada de tanto «Merry Christmas». Parece como si en español ya no supiésemos expresarnos.
Se popularizó el Halloween con horribles y siniestros disfraces a los que no les veo la gracia por ningún sitio.
Sin embargo, nos estamos olvidamos de las bromas en el día de los Inocentes y eso sí que resultaba divertido.
Ya no celebramos el día del santo, sino el «happy cumpleaños», cuando el día de nuestro santo tiene la ventaja de que cualquiera puede saber cuándo es y además el calendario se encarga de recordártelo.
Ya hacemos las compras en las grandes superficies, con lo cual los comercios de la ciudad pueden ir desapareciendo y negándose nos con ello el placer de pasear por una ciudad alegre variada y colorista.
Aceptamos con entusiasmo en nuestra dieta la pizza, la hamburguesa o el tiramisú. Pero no hemos sido capaces de exportar con éxito nuestra riquísima, económica y nutritiva tortilla de patata.
No sabemos o no queremos conservar nuestras costumbres. Ya sé que algunas tienen connotaciones religiosas que no se quieren admitir, pero no creo que sólo por eso debamos cargarnos nuestras tradiciones y nuestra cultura despreciando lo nuestro, aunque sea mejor, para copiar siempre lo que hacen en otros lugares.
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