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Chéjov, el médico

10 de Julio del 2017 - José María Izquierdo Ruiz (Oviedo)

El prestigio literario de Antón Chéjov deja en la sombra su profesión de médico, que fue un factor determinante en su vida y obra: “Mis actividades como médico han tenido una fuerte influencia en mi trabajo como escritor, ampliando notablemente mi campo de observación y de conocimiento”. “He querido ser visto como médico antes que como escritor”.

Nace en 1860 y pasa su juventud en Taganrog, junto al mar Azov. En el año 1879 se reúne con su familia en Moscú, en cuya Universidad se gradúa en 1884. Dos años antes ya se ganaba la vida, y la de los suyos, escribiendo cuentos para revistas de Moscú y Petersburgo, a tantos copecs la línea y, luego, a tantos rublos el relato. Hace prácticas de medicina y de cirugía en el moderno Hospital Ekaterina y también de pediatría y de obstetricia, para ejercer varios meses en los centros del Servicio Nacional de Salud, los primeros en Europa. Como este trabajo no le da tiempo para escribir, lo deja y pone consulta tres horas al día, prácticamente gratis, y escribe el resto del día. A su altísimo nivel literario se aúna su fecundidad, escribiendo por esta época 700 relatos en siete años. Luego se centró en relatos más largos y en el teatro. Desde su segundo año de carrera, y así hasta 1894, pasa los veranos con su familia en dachas cedidas o alquiladas en las cercanías de Moscú, con mucha relación social con sus caseros, sus visitas y su entorno, disfrutando de la naturaleza y tratando gratis a todos los pacientes que lo requieren. Primero fue en Voskresensk, junto al monasterio de Nueva Jerusalén, lugar de inspiración de “La princesa”, en que el médico/monje Chéjov sermonea a una tonta y aprovechada aristócrata. En las inmediaciones vivió como interno para el médico local: “La mitad del día la paso viendo cuarenta pacientes”. Ya en el año 1885 los Chéjov alquilan una casa en Bábkino, donde Antón pasa tres felicísimos veranos rodeado de bosques, de ríos, estanques, percas, carpas, tencas y lucios, y atiende a los pacientes de las aldeas cercanas. De Bábkino pasan a una dacha cerca de la ciudad ucraniana de Sumy, junto a un afluente del Dniéper, donde asiste partos, y con una médica atiende pacientes.

Entre dachas y dachas decide Antón en 1890 “pagar su deuda con la medicina” y a través de Siberia pasar tres meses en la Isla de Sajalín, de la que cinco años después saldrá un libro muy detallado de la miserable vida de los penados, deportados y de sus familias. Con permiso del comandante, puede ir por todas partes excepto comunicarse con los presos políticos, y no deja colonia, isba, ni penal sin visitar, rellenando fichas de datos y conversación sobre mil penados. Nos habla de las celdas de castigo, a oscuras y a pan y agua, de los castigos corporales, de las flagelaciones de treinta a cien latigazos con látigos de tres correas o con varas de abedul; con el penado atado boca abajo a un banco, desnudo hasta las rodillas, con los efectos previsibles en espalda y nalgas, que Antón nos detalla, pues tuvo el valor de asistir a una, y con un médico al lado con el fonendo y las gotas. La liturgia de los abarcamientos, con mortaja ya colocada, se la contó un cura; algunos condenados se suicidaban con acónito.

El capítulo de los castigos físicos fue excluido por la censura, pero Chéjov llegó a ver cómo gracias a su libro, paso a paso, se excluyó a las mujeres de los castigos físicos, se dedicó más presupuesto a los orfanatos, desaparecieron las prisiones y los exilios perpetuos y, finalmente, las flagelaciones.

Parece que fue ayer cuando en Rusia comenzó lo de “el mantenimiento de por vida de la detención a prueba” (aquí, prisión permanente revisable), los prolongados encarcelamientos administrativos y los corredores de la muerte. ¡Sí, sí!, es cosa de ayer mismo, incluso de hoy mismo, como lo son las flagelaciones no ya de cien sino de mil latigazos en un país amigo que, benévolo, los reparte por tandas pautadas.

Dostoievski precedió a Chéjov en estos temas con su libro “Memorias de la casa de los muertos”, en que refleja su larga reclusión en el penal de Omsk, a cambio de un indulto que le llegó justo ante el pelotón de fusilamiento.

Gracias a su valía como escritor, sus ahorros y una hipoteca le permiten comprar una dacha, con amplio espacio de frutos, verduras y árboles, en el pueblo de Melijovo, 70 kilómetros al sur de Moscú, como hogar fijo para parte de la familia y con un profundo estanque que repuebla de peces. Allí permanecieron seis años desde 1892. Fueron años felices y fructíferos literaria, médica y socialmente, no sólo trató con los campesinos pobres y enfermos, sino también con la nobleza empobrecida.

En Melijovo consiguió la instalación de una oficina de Correos, la construcción de un puente sobre el río, la pavimentación desde la estación hasta la parada de los trenes rápidos, la construcción de tres escuelas, costeadas con 8.000 rublos por Chéjov, su labor para contener la epidemia de cólera y la atención médica que prestó a los miles de campesinos de la zona. “La medicina me ha ayudado a establecer buenas relaciones”. Había campesinos de hasta más de 20 kilómetros que acudían a la consulta médica de Antón, sobre todo desde que descubrieron que no cobraba honorarios ni tampoco las medicinas, que había comprado al por mayor. Melijovo fue una fuente de inspiración de numerosas obras, como “El tío Vania”, “La gaviota”, ‘Tres hermanas”, “El jardín de los cerezos”, “Grosellas”, su novela “Campesinos” y otros muchos relatos, como “Los mujiks”, “En la hondonada” y “El obispo”.

También escribió Chéjov numerosas obras con un médico como protagonista. “El pabellón número 6” es un caserón desconchado y rodeado por un bosque de ortigas en el patio de un viejo hospital, con una cárcel al fondo. Es el bloque psiquiátrico atendido por el dinámico doctor Andrei Efimych, que con el paso de los años se integra en la vagancia y el desbarajuste reinantes. Todos se quejan de que los chinches, las cucarachas y las ratas no les dejan dormir. Efimych se pasa las horas muertas conversando con los locos y entre ellos encuentra a la única persona inteligente de su vida. Acaba ingresado allí, no por loco sino por pobre, pues no le queda pensión. Entonces, visto desde dentro, se da cuenta de cómo es un psiquiátrico en la Rusia de su tiempo.

En la obra teatral “El tío Vania” (que antaño se representó en Oviedo), el verdadero protagonista es el médico Astrov, del que se enamoran las dos mujeres jóvenes, Elena, la bella esposa del viejo terrateniente, y Sofía, la nuera de Elena. Astrov se enamora de Elena, y con atracción mutua. “Le recordaré con placer, y hasta me he enamorado un poco de usted”, le dice a Astrov, “pero no volveremos a vernos. Despidámonos como amigos”. “Finita la comedia!” Astrov ha de herrar su caballo, que cojea.

Antón Chéjov se veía más como médico que como escritor. Nosotros lo vemos como la bondad personificada, con pluma y con bata blanca.

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