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Lo absurdo de abolir la caza en España

30 de Julio del 2017 - Eduardo Bros Martínez (Oviedo)

Con un titular artificioso y poco o nada afortunado, un medio digital ha fijado en la red una pregunta que ha conseguido hacerse viral, que viene a consistir en pedir a sus lectores que digan si la caza en España debe ser abolida.

Realmente puede despertar preocupación este tipo de iniciativas, cuando menos inquietud e incertidumbre para el sector cuestionado, que, lejos de medir el nivel de reconocimiento y aceptación que la caza tiene entre los ciudadanos, ayudan más que otra cosa a construir relatos de numerosas inventivas dentro de un marco de comentarios beligerantes hacia el gremio de los cazadores.

En el supuesto de llegar a formalizarse un absurdo de estas características, cabe leer en un plano más amplio que el mero hecho de tener que dejar de cazar por imposición legal. Así las cosas, resulta obligado preguntarse si las instituciones públicas responsables de gestionar el ordenamiento cinegético tienen capacidad y medios suficientes para dar respuesta ordenada a la nueva situación que se les crearía a partir del día después de haberse decretado la abolición.

Por eso, entretanto que nuestros gobernantes se lo piensan, o se recuperan del espasmo que les pudiese producir ser sabedores de tener que afrontar en solitario, de la mejor manera posible, una situación tan sumamente delicada y trascendente para el conjunto de la sociedad, bueno sería saber qué hacer con la diversidad y densidad de especies cinegéticas que han crecido en su demografía y lo siguen haciendo a un ritmo latente que no decae. ¿Cómo se detendrá el crecimiento y expansión del jabalí en España con un número de individuos cercano a los 3 millones de ejemplares, según nos informan expertos en su observatorio? ¿Cómo regular a este animal a parámetros racionales de sostenibilidad sin la participación de la caza?

Lo del “pensamiento Alicia” está muy bien, creencias aparte, pero el plan escasamente contribuiría a solucionar el problema. Es una frivolidad, claro síntoma de que se tienen una visión deformada del mundo real, pretender trasladar únicamente a la Naturaleza la responsabilidad de actuar por sí misma como elemento vertebrador del nutrido y variado tesoro faunístico que albergan los espacios naturales en España, gracias al buen juicio y el empeño constante del mundo de la caza en conservar una riqueza natural de estas especiales características y aprovecharla con sentido responsable.

Aquellas otras medidas que se anuncian desde organismos públicos instalados a lo largo y ancho de la geografía española, que podrían implantarse como método alternativo al ejercicio de la caza tradicional, deriva de un pretendido plan de control sobre la densidad del suido, de cuyo grado de eficacia plena nos hace concebir una propensión pesimista, evidencia un abismo de gestión y de explotación distinto al vigente que tiene instituido la actual Ley de Asturias de la Caza, más preciso, capaz e intenso este último, que le hace ser acreedor de un grado muy superior de validez en todos los distintos campos, aún a pesar de las dificultades. Para las administraciones públicas que gestionan y ordenan los recursos cinegéticos de su correspondiente autonomía, difícil de atender en el orden material y de una gravedad extrema para su estado financiero. Obviamente de concebirse un nuevo tiempo sin la necesaria contribución de la caza, se inutilizarían los valores más significativos del sector económico empresarial representado por la combinación de industrias creadoras de empleo, los subsectores que las secundan, el mundo rural y la pérdida del carácter social de todas las cuestiones relacionadas con ella.

Si se excluyese a la caza de poder continuar desempeñando su rol histórico en la Naturaleza, sería entrar en otra dimensión de gravamen distinto. La caza es la mejor opción si se quieren evitar conflictos, la más asequible y segura. Lo demás, lo digo con respeto, son cuentos. En Asturias tenemos historia reciente de lo ocurrido en determinada zona en la que la caza quedó suspendida de su práctica durante un periodo de dos años. Ello propició que el jabalí, libre de presiones, anclase sus efectivos en área tan propicia que le han permitido crecer y expandirse dentro del terreno vedado, incluso más allá de sus límites, causando sus piaras numerosos destrozos en los cultivos. Un ejemplo de la importancia que la caza tiene en la regulación de las especies salvajes clasificadas como cinegéticas.

De no permitirse este ejercicio, los daños en la agricultura crecerán sustancialmente a la par que cuantiosos damnificados exigirán en justicia a la Administración, y no a las sociedades locales de cazadores, que ya nada podrán hacer, el cobro de cuantiosas indemnizaciones a cargo de los Presupuestos Generales. Aumentarán los accidentes de tráfico por la irrupción en la calzada de este tipo de fauna salvaje. Serán las consecuencias lógicas de producirse estos desequilibrios en el medio ambiente.

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