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La muleta de Arsenio el de Enriqueta la de Los Llanos

22 de Julio del 2017 - Agustín Hevia Ballina

Pasaba yo, días atrás, revista a mi archivo personal, donde tantas hermosas noticias sobre el Monsacro se hallan acumuladas. Iba recordando cuántas veces había recalado en la casa de Enriqueta la de Los Llanos y de su hijo Arsenio, que, con gran sentido de la hospitalidad, me habían invitado tantas veces a tomar un café y un vaso de agua fresca, cuando iba a emprender la subida, Cintu arriba, o, cuando, cumplidos los ritos devocionales, retornaba del Monsacro, con el alma llena de gozo, a la Foz del Morcín, que nos retornara a Oviedo.

Un día de aquellos, al llegar a casa de Enriqueta, me tenía reservado Arsenio un grato presente que me justificó como preparado de su mano: una hermosa muleta, hecha del tronco de un arbusto de roble, retorcida al fuego, con su recatón metálico, muy apta para apoyo de mis siguientes subidas a la Sacra Montaña, al entrañable Monsacro, cuyas laderas yo iba franqueando para encontrarme con las ermitas, en el “mayáu de les Capilles”.

¡Cuántas veces, rememoraba Enriqueta, había subido ella, mientras pudo, por cumplir sus devociones o por motivos de sus ocupaciones diarias con las vacas, que tenían pastando en las camperas del lugar, que el rey Fernando II había donado a los “fratres de Monte Sacro”, a aquellos humildes “freros”, que, en condición de “ermitaños” ocupaban el sacro recinto!

Desde sus juveniles años acumulaba la memoria de Enriqueta recuerdos vívidos de narraciones oídas a su abuelo, mientras sentado al amor de la lumbre, aguardaba la hora de la cena, desgranando las cuentas de su Rosario, entre Avemarías y Avemarías, que parecían no tener fin y que el abuelo semejaba degustar, cual recibidas de sus ancestros, generación tras generación. A su abuelo había oído de la subida de los peregrinos que ascendían a la búsqueda de los cardos benditos, que un cura, don Ramón Martínez, enamorado de “les Capilles”, bendecía el día de la Santa Magdalena. De niña les había oído cantar:

“Si vas a la Madalena / has traeme un cardu. / A min fadráme bien / y a ti non te fadrá dañu”:

Subtítulo: Remembranza de mis peregrinaciones al Monsacro

La “Cuesta la Llorera”, el “Cintu” con sus empinados senderos, algunos a través de peñascales, habíalos subido Enriqueta tantas veces que no podría recordarlas todas, si de alguna manera lo intentara. Sí afloraba todavía a su memoria una cancioncilla, que yo tuve por inédita y que por tal la traslado, como novedad grata:

“Magdalena bendita, / patrona de la mio niñez, / agora que ya soy vieya, / protéxeme otra vez”.

Acumuló Enriqueta la de Los Llanos –nunca la olvidaré– sapiencias de siglos acerca de la Magdalena bendita. No puedo expresar suficientemente cuánto la llegué a querer, porque me recordaba a mi abuela Balbina, dechados ambas de fe y de creencias firmes, arraigadas en sus mentes y corazones. En su iglesia parroquial de San Antonio Abad de La Foz de Morcín, acompañé a los suyos y, sobre todo, a su hijo Arsenio, recientemente fallecido –mi más sentido pésame, Angelita–, cuando el Señor tuvo a bien llamarla para la comparecencia definitiva.

Empecé esta reviviscencia de mis peregrinaciones al Monsacro titulándola “La muleta de Arsenio” porque fue, desde el día en que me la obsequió, mi compañera en todas mis ascensiones al Sacro Monte morciniego. ¡Qué alivio tan grato en el cansancio y en la peregrinación! Una foto, mientras yo subía apoyado en la muleta de Arsenio, que algún peregrino me obsequió, junto con otra de Enriqueta, sentada en la antojana de su casa de Los Llanos, en actitud matriarcal, valen para mí por un poema de gratitud y agradecimiento a la hospitalidad que, como peregrino del Monsacro, sin alharacas ni exageraciones, recibí de la recordada Enriqueta y de su hijo Arsenio. Dios los tenga en su gloria.

De tanto peregrinar como Dios me ha permitido realizar a la capilla de Nuestra Señora del Monsagro, la “Capilla de Arriba”, la de Santiago, que también nos es conocida como capilla de Santo Toribio o de Santa Catalina de Alejandría, y a la capilla de la Santa Penitente, María la Magdalena, la “capilla de Abajo”, donde tantos amigos y compañeros de peregrinación fui encontrando, en uno sintetizaré a todos: a Juan Nicieza, de Noreña, que, hasta sus 93 años no faltó nunca a la cita con la “Bendita Madalena”, y a Foro (Telesforo), que también fue peregrino asiduo hasta sus 90 años. Dios los tenga en la paz de su gloria.

Bien quisiera unirme a los peregrinos de la fiesta ya próxima de Santiago y de la Magdalena o más tarde a la de Nuestra Señora de Agosto o de la Asunción, pero obligaciones pastorales en mis parroquias de Lugás, Camoca y Valdebárcena no me lo permitirán. Bien seguro, con todo, me uniré en espíritu a los peregrinos que por el “Cintu” o por “la Collaína” o por la Covarriella, la vetusta “Cova Diedra”, se acercarán un año más para celebrar juntos las tradiciones lejanas de muchos siglos en el Monsacro.

Espero y pido a Dios que tenga ocasión de volver a usar la “muleta de Arsenio”, que me acompañe a visitar en peregrinación las santas ermitas, las venerables capillas de nuestro Monsacro, siguiendo la “Ruta de las Reliquias”, que de Jerusalén trajera el Santo Obispo Toribio de Astorga y que allí encontraron cobijo y acogida, antes de que el Rey Alfonso II el Casto las aportara, peregrino también él, a la Cámara Santa de la Catedral Ovetense. Sic Deus Omnipotens me exaudiat, peregrinantes quoque omni benedictione adimpleat (Que Dios Omnipotente me escuche y a los peregrinos del Monsacro también los llene de toda bendición. Amén).

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