El declive catalán
Es ciertamente preocupante contemplar cómo cientos de empresas se están marchando de Cataluña desplazando sus sedes sociales a otras comunidades, y, lo que es más grave, sus domicilios fiscales, buscando una seguridad jurídica que la deriva independentista instalada en la Generalitat presidida por el dizque honorable Puigdemont no les ofrece. Ya superan la cifra de 400 las que han emprendido la huida, y aún no ha parado la sangría, temerosas de las negativas repercusiones que para sus sociedades podría representar el hecho de perder los beneficios derivados de pertenecer a un país miembro de la Unión Europea. Si a todo esto le sumamos las fugas de depósitos de los inversores y las masivas cancelaciones de reservas turísticas que se están produciendo en todo tipo de alojamientos, incluido el desvío de cruceros que cambiaron sus escalas inicialmente previstas en el puerto de Barcelona para arribar en el de Valencia u otros, las repercusiones económicas para la economía catalana serán de miles de millones de euros, que, sin duda, la hundirán en un profundo declive. Toda una sangría económica derivada de las ensoñaciones de un Presidente ignavo, controlado y a las órdenes de extremistas radicales, incapaz de medir las consecuencias de sus desatinos y obsesionado con una idea descabellada, irracional e irrealizable.
Me parece realmente lamentable tener que asistir al bochornoso espectáculo que las actuales autoridades de Cataluña, junto con una minoritaria parte de su población y la aquiescencia de su policía autonómica, los conocidos como Mossos d’Escuadra, están protagonizando, y que está llevando a todo el pueblo catalán a un callejón sin salida, fracturando una sociedad otrora tranquila y próspera, con argucias que hieren la razón y atentan contra el más elemental sentido común, provocando una catarsis de consecuencias inciertas que, a buen seguro, tendrán graves repercusiones y serán difíciles de superar. Lo que sí parece cierto es que, ocurra lo que ocurra, de ahora en adelante ya nada será igual. El mal ya está hecho y las secuelas, si Dios no lo remedia, y por la inexplicable postura de sus autoproclamados representantes en este mundo no parece que tenga intención de hacerlo, durarán muchos años.
Desde mi óptica personal, partiendo de la base de que, por razones profesionales, he tenido la ocasión de relacionarme con muchos catalanes en su propio entorno y, por ende, conocer muchos aspectos de su cultura y su talante, me resulta muy complicado entender cómo cuatro iluminados, embaidores funcionales con profunda vesania a todo lo que huela a español, probablemente movidos por espurias razones y ocultos propósitos, han podido turbar la razón de tantas personas que les hacen el coro y que, con tanto fervor, les siguen incondicionalmente, haciéndose notar mucho más por el ruido que por los argumentos. Me apena pensar qué fue de aquel pueblo emprendedor que, con una acreditada laboriosidad personal y colectiva, siempre supo estar a la vanguardia del desarrollo en todos los órdenes, ganándose el conocido aforismo que reza: “Los catalanes de las piedras hacen panes”. Por el bien de Cataluña y, como añadido, por el de España en su conjunto, quiero pensar que todo esto no es más que una tormenta de verano que desaparecerá cuando salga el sol e ilumine la razón.
Si, como los catalanes dicen que “Barcelona és bona si la bossa sona, però tant si sona com si no sona, Barcelona sempre és bona (Els diners poden anar a qualsevol lloc)”, lo que en román paladino equivale a decir que “Barcelona es buena si la bolsa suena, pero tanto si suena como si no suena, Barcelona siempre es buena (El dinero puede ir a cualquier lugar)”, ahora tendrán la ocasión de experimentar el efecto de una bolsa que no suena y un dinero que huye de Cataluña. Veremos si llegada esta situación que está afectando en lo más profundo del sentimiento catalán, la pela, se sigue manteniendo unida, sin deserciones, toda esa caterva que está apoyando ese esperpéntico proyecto que pretenden culminar con una secesión. En mi opinión, no creo que se arriesguen a llegar más lejos y, a partir de este momento, empiecen a replegar velas; pero, en cualquier caso, tiempo tendremos para comprobarlo. En este sentido, el ultimátum lanzado por el Gobierno de España al presidente de la Generalitat para que defina sus intenciones, como paso previo a la aplicación de las medidas correctoras previstas en nuestra Constitución, puede ser el punto de partida para revertir el proceso y volver a la normalidad.
Constantino Díaz Fernández, Oviedo
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