Ñ

13 de Noviembre del 2017 - Mabel Sánchez Agüeria (Gijon)

Desde el 6 de septiembre estoy siguiendo a diario toda la información sobre la crisis catalana, el procés, la independencia de Cataluña o como quieran ustedes llamar a todo este despropósito. Si el día 6, cuando en el Parlamento catalán se produce el primer asalto a la Constitución española, me dicen cómo iba a estar la situación justo dos meses después, seguramente me hubiese caído de espaldas. Pero como bien dice Margaret Atwood en su libro “El cuento de la criada”: “En una bañera en la que el agua se calienta poco a poco, uno podría morir hervido antes de darse cuenta”. Y así ha sido. Desde aquel día 6 de septiembre el gobierno de Cataluña ha ido calentando el agua un poco cada día y la respuesta del gobierno de España ha sido aplicar la 3ª Ley de Newton: “Si un cuerpo actúa sobre otro con una fuerza (acción), éste reacciona contra aquél con otra fuerza de igual valor y dirección, pero de sentido contrario (reacción)”. Y como decía mi abuela (tercera cita y no por ello menos importante para mí): “Unos por otros y la casa sin barrer”. No me extraña que quien lo vea desde afuera, con distancia, califique todo esto de esperpéntico cuando menos. Pero, aunque la situación sea muy preocupante, mientras quede a nivel de egos políticos no me preocuparía en absoluto. En cambio, lo que si me preocupa y mucho, es el estado de crispación que ha brotado en la sociedad. Escucho las tertulias de la televisión, sigo las redes sociales y veo odio de los catalanes independentistas hacia los no independentistas, hacia el resto de España y hacia todo lo español. Lo llaman, nos llaman, despectivamente “Ñ”. Y estoy empleando correctamente la palabra odio. Los catalanes independentistas sienten verdadera antipatía y aversión hacia todo lo “Ñ” como ellos lo definen. Y su expresidente, haciendo alarde de una falta absoluta de ética política y personal, que a mi modo de ver es más punible que un delito de sedición, se escapa a Bélgica a seguir calentando el agua desde allí. Como no consiguió el apoyo de ningún país de la UE se ha tenido que ir a revolver el avispero belga con un palo. Imperdonable lo que ha hecho en Cataluña e imperdonable lo que pretende hacer ahora en Bélgica. Dice el refrán “calumnia que algo queda”, y a esta tarea se está dedicando plenamente el expresidente catalán subiendo más el tono cada día que pasa. En Bélgica ha encontrado un megáfono que le permite decir que España es un país opresor y antidemocrático sin que le den la patada en el culo que se merece. Porque Bélgica tiene su propia patata caliente en tema de independentismos y un gobierno cogido con pinzas donde nadie se atreve a toser por miedo a romper ese equilibrio inestable en el que está su gobierno y con el que van tirando sin hacer mucho ruido. Aquí ha dejado una sociedad partida catalana partida. Estos últimos dos meses he oído más veces el nombre de Franco que durante toda la transición. Y se lo he oído a jóvenes que ni siquiera saben quién fue Adolfo Suárez o Manuel Fraga. Jóvenes que llaman facha a todo aquel que no sea “indepen” pero que desconocen el significado de la palabra facha. Para ellos facha es igual a “Ñ”. Y hablan con un odio y un desprecio aprendido que no vivido. Vomitan consignas y arengas que escuchan a dirigentes sin escrúpulos que necesitan un escudo humado aborregado y adoctrinado. No quiero ser agorera, ni pesimista, pero no conseguimos aprender de la historia a pesar de que es cíclica. Y los odios aprendidos, los bandos claramente diferenciados, los adoctrinamientos y los palos en los avisperos nunca han traído nada bueno. Mi esperanza es que Europa está unida y que la consigna es clara: “Cataluña es un problema que concierne sólo a España y las soluciones deben de emanar del orden constitucional y jurídico de España”. Mi esperanza es que esta estrategia propagandística de Puigdemont de atacar furibundamente a España se vuelva contra él, precisamente por exagerada y por tener un discurso repetitivo que cada vez adorna más, de forma inversamente proporcionalmente al silencio que encuentra en la UE.

Mabel Sánchez Agüeria, Gijón

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