La librería
Fiel a mi compromiso de seguir el principio “hay vida más allá de la política”, he dejado el tema catalán para disfrutar nuevamente del cine. Estos días estuvimos de enhorabuena en Gijón con el 55.º Festival de Cine y sus 177 películas; no obstante, antes de sumergirme en el FICX, he podido disfrutar una vez más del cine de Isabel Coixet (acertada y justamente homenajeada en el FICX), quien ha vuelto a sorprendernos con una sublime obra. Fiel a su compromiso con un cine intimista, alejado de estridencias tan propias del cine moderno y en un momento de producción fílmica de calidad bastante escasa.
Isabel Coixet me cautivó por primera vez con esa portentosa película, “El silencio de las palabras” (2005) y desde entonces estoy enganchado a su cine. Pocos directores y directoras de cine en el mundo han sabido contar historias sencillas, sin pretensiones gratuitas, pero con una descripción de los personajes donde las palabras terminan siendo un complemento, un recurso casi secundario.
El refrán castellano “pueblo pequeño, infierno grande” está presente en la historia que se cuenta en el filme, a pesar de que ésa no es la intención de su autora, más bien creo ver en ello un homenaje a esa otra gran película de los sesenta, “La jauría humana” de Arthur Penn, con un Marlon Brando en el cenit de su carrera. La gran diferencia en la película de Isabel Coixet es que no necesita el recurso de la violencia para destapar las miserias humanas y, por ello mismo, convierte a los personajes en más despreciables porque sus comportamientos son más sutiles... más “english”. Resulta impagable la secuencia final donde aparecen (desfilan) los primeros planos de todos los protagonistas de la “guerra cruel”.
La historia es una adaptación de la novela homónima de la escritora inglesa Penelope Fitzgerald y, aunque rodada en la costa irlandesa, ésta hace referencia a un pequeño pueblo de la Inglaterra de los cincuenta. Florence Green (Emily Mortimer) es la viuda de un soldado muerto durante la II Guerra Mundial, con quien compartía la pasión por los libros. Decide instalarse en un pequeño pueblo costero de la campiña inglesa. Pequeño, conservador y clasista. Allí decide cumplir su sueño: abrir la primera librería de la zona. Una iniciativa tan pacífica, inocente y cultural desatará los peores instintos de una comunidad de vecinos víctimas sometidas al clasismo típicamente inglés, desatando una guerra cruel, pero refinada... y a la hora del té.
Coixet rinde dos homenajes más en su película: a Clint Eastwood y a Ken Loach. Al primero porque es inevitable recordar la escena de los “Puentes de Madison” en el interior de la camioneta, escena que se hace interminable (tensión incluida) porque la decisión que tiene que tomar la protagonista cambiará su vida; de la misma forma que la vida de los dos protagonistas del filme de Coixet (Florence y Brundish) cambiaría, si él pudiese transformar la solidaridad, la empatía, el afecto en el amor demandado de manera exquisita por ella, con el mar como horizonte y la ligera brisa que agita los campos de hierba, el otro homenaje a esa magnífica película de Ken Loach “El viento que agita la cebada”.
No hay nada de violencia en toda la película, ni siquiera sexo; todo es elegancia visual, sutileza narrativa y una interpretación magistral de los personajes protagonistas y secundarios, cuya historia no deja un sabor amargo porque el protagonista es el coraje que anida en el alma de Florence.
El mismo coraje que anida en Isabel Coixet, catalana y española universal quien, fiel a sus dos patrias, rechaza y combate el independentismo y por ello ha recibido los más zafios y burdos insultos no sólo en las redes sociales sino en cartas personales y en la calle.
No quería volver al tema catalán, pero ya ven...”el procés” lo impregna todo. Confío como Isabel Coixet en que pronto termine la pesadilla.
Marcelo Noboa Fiallo
Gijón
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