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De la reina Isabel la Católica

12 de Diciembre del 2017 - JUAN GOTI ORDEÑANA

No deja de asombrar a cualquiera que tenga algún conocimiento de la Historia de España, que en el telediario de las 21.99 horas, del día 25 de noviembre, el de mayor audiencia, cuando una periodista informaba sobre el reciente libro “Isabel la Católica: la primera gran reina de Europa”, del hispanista inglés Giles Tremlett… que una voz en off acusara a la reina Isabel de Castilla como responsable de una “limpieza étnica a favor del cristianismo”.

Esta barbaridad denota ignorancia y mala intención. Es inconcebible que cualquier persona pueda lanzar una injuria así a la personalidad política más importante de la historia de España. Pero todavía es más intolerable que esto se haya hecho en Televisión Española, en el noticiario con mayor audiencia. ¿Qué hacen el director y el Consejo de Informativos de TVE, permitiendo denigrar así a la figura de Isabel la Católica?

Antes de entrar en el tema debemos advertir que una terminología moderna, con un contenido concreto, como es la de “limpieza étnica”, no se puede atribuir a cualquier época antigua. Y mucho menos, haciendo una acusación a una ideología que defiende todo lo contrario. Esta expresión, aplicada al cristianismo, es una “contradictio in terminis”, ya que, además de desconocer la doctrina cristiana, indica una falta de respeto para los que tienen otra ideología, además del odio que rezuma hacia las personas que no piensan como uno.

Respecto a la reina Isabel de Castilla, sin más concreción, podría referirse a tres hechos: la conquista de Granada, la expulsión de los judíos y el descubrimiento de América. Y, sin embargo, en cada uno de estos sucesos demostró la reina Católica su grandeza de ánimo.

Empezamos haciendo referencia a la actuación de los Reyes Católicos en la conquista de Granada. Para saber cómo se comportó la reina Isabel con los musulmanes, después de la conquista, estaría bien acudir a los grandes historiadores que han escrito sobre este reinado y nos muestran la extraordinaria personalidad de la reina. Pero como el autor de esa ofensa no va a incidir en la lectura de esas obras, vamos solamente a buscar un autor que es más fácil de leer, y que, además, es un musulmán que ha querido recoger la tradición que se conserva en su medio de lo que fue aquella rendición de Granada en 1492.

Se trata de la novela “El león africano”, de Amin Maalouf, premio “Príncipe de Asturias” de la Letras en 2010 y premio “Goncourt”, que, como musulmán, no escribe para disculpar la actuación de los cristianos que conquistaron Granada, sino para mostrar el dolor que sufrieron los musulmanes al dejar su tierra, donde habían nacido y a la que un poeta había cantado:

“Granada, ninguna ciudad se te asemeja

Ni en Egipto, ni en Siria, ni en Irak,

Tú eres la novia

Y esos países son tu dote”.

La información que nos proporciona Amin Maalouf es del sentido que todavía se conserva en la conciencia de su pueblo, pues dice: “Era menester que saliéramos de la ciudad para evitar cualquier incidente, cualquier reacción incontrolada. Fernando ha pedido que se le dejen de rehenes quinientos notables pertenecientes de las grandes familias granadinas para poder mandar entrar sus tropas sin temor a ninguna trampa. A nosotros también nos interesaba que la capitulación discurriera sin la menor violencia”. Y continúa: “De hecho, la vida volvió enseguida a sus cauces en la Granada ocupada, como si Fernando quisiera evitar que los musulmanes partieran en masa hacia el exilio. Los rehenes volvieron con sus familias al día siguiente mismo de la entrada del rey y la reina en la ciudad”.

Basta leer la novela para ver el trato que recibieron los vencidos. En él cuenta cómo se dieron “tres años a los granadinos para la sumisión o el exilio. Según el acuerdo de capitulación, teníamos hasta principios del año cristiano de 1495 para decidirnos. El imán exhortaba a que nos marcháramos, pero no porque nos obligaran a convertirnos, sino porque estimaba que los que se quedaran iban a sufrir el menoscabo de la fe por ser creyentes en Alá”. Y advertía como amenaza que si se quedaban les iban a llamar “mudéjares”, que significa en árabe “domesticados”. Y “a pesar de esta apelación infamante, muchos granadinos vacilaban”.

Muchos decidieron marcharse, entre ellos la familia del protagonista. Los soldados castellanos comprobaban el contenido de las arcas que llevaban, pero los respetaban, porque “estaba convenido que los emigrantes podían llevar todos sus bienes, sin restricción alguna, pero con frecuencia no estaba de más dejar una moneda de oro en las manos de un oficial”.

Si un musulmán de hoy, recordando lo que fue para una familia mora la marcha de Granada en aquellos días, nos lo cuanta en estos términos, ¿cómo los españoles pueden ser tan ignorantes de decir una barbaridad como en ese noticiario de televisión? Un noticiario público, y más siendo de la televisión oficial, debería justificar tamaño error e insulto.

El segundo tema por el que se suele acusar a la reina Católica es por la expulsión de los judíos en 1492. Al pensar en esta materia, recuerdo que, estando en la Universidad de Valladolid, fue nombrado doctor honoris causa el historiador judío Benzion Netanyahu, padre del actual primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, y dedicó su discurso a la expulsión de los judíos en el reinado de Isabel la Católica.

No he visto a nadie disculpar, como él, a la reina de este hecho, y justificar su actuación por la situación extrema en que estaban los judíos en esos momentos en Castilla. Allí mostró en una breve relación los hechos que movieron a la reina a tomar esta decisión.

El enfrentamiento con los judíos era una cosa antigua en toda Europa, recuérdese que fueron expulsados de Inglaterra en 1290, de Francia en 1182; en 1305 y 1394, del ducado de Parma en 1488 y de Milán 1490, y peor tratados que en la expulsión de Castilla.

Recordando algunos datos históricos, se originó una situación difícil para los judíos en Castilla entre los siglos XIV y XV a raíz de la crisis con motivo de la guerra de sucesión en Castilla. En este tiempo el antijudaísmo comenzó a calar en la sociedad española sucediendo episodios violentos. El aspirante al reino de Castilla Enrique de Trastámara utilizó este antisemitismo latente en los castellanos para conseguir partidarios. El efecto fue inmediato: en 1367 sus tropas asaltaron las juderías de Briviesca, Aguilar de Campoo y Villadiego; y sus partidarios saquearon las juderías de Segovia, Ávila, Valladolid y Toledo. Al terminar la guerra, instituido rey, Enrique II se dio cuenta del error cometido y quiso enmendar su política, pero el odio a los judíos había arraigado muy hondo y desembocó en el caso de Sevilla en 1391. Desde Andalucía, los disturbios pasaron a Castilla (Toledo, Madrid, Burgos, Logroño) y desde allí a Aragón, donde fueron saqueadas las juderías de Barcelona, Palma y Valencia, entre otras.

El temor y la presión a que fueron sometidos caló profundamente entre los judíos españoles, que se convirtieron en masa por miedo a las persecuciones que podrían sufrir, y para no perder la situación social que tenían. Como no se convirtieron por convencimiento, sino por miedo a la persecución, a pesar de figurar socialmente como conversos, practicaban en secreto los ritos de su religión. De aquí nació la acusación de que judaizaban, esto es, que realizaban ceremonias de la fe judía. Con lo que el problema se agravó, llegando al rechazo y abominación de los que se llamaron “cristianos nuevos”.

Pero los hechos llegaron a una situación extrema durante el reinado de Juan II. Corría el año de 1449, cuando don Álvaro de Luna, condestable de Castilla y protector de conversos, intentó recaudar para sus campañas militares unos impuestos que la ciudad consideró injustos. Esto provocó que el alcalde Pedro Sarmiento, nada favorable a los judíos, publicase el primer Estatuto de Limpieza de Sangre, al tiempo que encabezaba una revuelta anticonversos en la ciudad, con el saqueo e incendio del barrio de la Magdalena, habitado por judíos. Mediante la denominada Primera Sentencia-Estatuto de Limpieza de Sangre, se expulsó a los conversos de toda clase de cargos representativos en el municipio de Toledo.

A pesar de la intervención del papa Nicolás V, patrocinador del movimiento humanista, que sentenció a favor de los partidarios de los conversos, la imparable difusión de la Sentencia-Estatuto, en una multitud de estatutos de limpieza de sangre, enconó el problema de los cristianos nuevos en Castilla. La actitud contra los judíos, en aquellos momentos, fue muy compleja y basada en reacciones profundas.

Este decreto de expulsión no fue una legislación de nueva creación, pues en esos momentos en España estaba vigente una amplísima normativa contra los judíos procedente del libro XII del Liber Judiciorum de la legislación visigótica, reproducida en el Fuero Juzgo, que no se abrogó hasta el siglo XIX, aunque no se aplicaba. Pues en la España cristiana del Medievo vivieron las comunidades hebreas ajenas a la legislación que las amenazaba, y aun construyeron su idea de Sefarad como un país privilegiado.

La dialéctica entre las comunidades cristiana y judía en toda la Edad Media, en Europa más que en España, fue una situación conflictiva tanto religiosa como financiera. Se daba un ethos distinto en cada pueblo con incapacidad de síntesis, estaban las técnicas financieras en manos de un pueblo que vivía separado, y que chirriaban con el concepto de pobreza evangélica que había en Europa desde el siglo XI.

Todo esto unido a la Sentencia-Constitución de Limpieza de Sangre, había creado una situación política y social insostenible, por lo que Bezion Netanyahu estimaba que no se podía culpar a la reina, sino que fue una urgencia política del momento.

El tercer tema, que se suele achacar a la reina Isabel la Católica son los hechos del descubrimiento y conquista de América, en los que tuvo principal intervención en el descubrimiento, pero no en la conquista porque ésta se realizó bastantes años después de su muerte.

El Tratado de Tordesillas había resuelto el tema de la delimitación de los campos hacia donde iban a dirigir las expediciones de descubrimiento de España y Portugal. Pero inmediatamente surgieron otros problemas. Al empezar a hablar de ellos debemos distinguir dos momentos sobre la acción de los españoles en el nuevo continente: el descubrimiento y la conquista.

Se comenzó pensando crear emporios, esto es, asentamientos comerciales para traer a España el oro y las especias de Oriente, y se terminó con verdaderos actos de conquista. La visión de un mundo pacífico no sólo la propuso Colón, sino que autores como Mártir de Anglería, en sus Décadas, muestra una sociedad tranquila que recibe a los que llegan, por lo que se pensó en asentamientos para una actividad comercial, y luego dedicarse a la evangelización. Pero resultó que los indígenas no eran tan pacíficos. Al llegar en el segundo viaje vieron que había sido destruido el fuerte de Navidad, que habían dejado en el primer viaje en la Española, y pronto tuvieron que rechazar ataques de los aborígenes. En un principio no fueron acciones de conquista sino sólo de defensa porque molestaban los asentamientos castellanos.

Por tanto en la vida de Isabel la Católica, que murió a los doce años del descubrimiento, en 1504, no se había planteado, todavía, ninguna acción de conquista. La política a seguir se fue improvisando, y parece que las decisiones se tuvieron que tomar en momentos anormales: Diego Velázquez conquistó Cuba en 1511, cuando Fernando el Católico era sólo gobernante de Castilla en nombre de su hija Juana, y Cortés se apoderó del imperio Azteca en 1519, al poco tiempo de llegar Carlos V a España, sin experiencia de gobierno y rodeado de consejeros extranjeros que no tenían idea, ni de la problemática de España ni, menos, de las tierras descubiertas. Por lo que la política del Nuevo Mundo, más que una política de previsiones, se puede calificar de reacciones para salir de las situaciones conflictivas creadas.

Es decisiva la fecha de 16 de abril de 1495, cuando los Reyes Católicas, por primera vez, toman una decisión moral sobre la esclavitud de los indios. Recibieron unos indios enviados por Colón para que fueran vendidos como esclavos en España, para resarcir así los gastos de los viajes. Dudaron los reyes ante esta situación, y consultaron a teólogos y juristas, sobre el tema. Fue por tanto en la Corte donde se presentó la duda del trato que se debía dar a los indios, y lo que incluía en sí el sentido de la esclavitud. Desde ese momento se irá negando la esclavitud del indio. Colón aún siguió con su idea de vender esclavos para hacer el negocio que no había resultado del comercio con las nuevas tierras, pero la reina se enojó y mandó devolver a sus pueblos a los indios que habían llegado a España como esclavos, por cédula de 20 de junio de 1500.

Es al empezar el siglo XVI, esto es, en los últimos años de la reina Isabel, ya enferma del cáncer que murió, cuando se cambió la idea de ciudades comerciales por la de ocupación de tierras. Hasta ese tiempo casi habían vivido los españoles que fueron a las zonas descubiertas de los alimentos que llegaban de la Península. En ese tiempo fue enviado a las nuevas tierras Nicolás de Ovando, con un programa de ocupación de tierras, para conseguir alimentos con los que subsistir los castellanos que habían pasado a las nuevas tierras. Con esto se cambió la acción en América, de la idea de emporios comerciales a la conquista de nuevas tierras.

Pero para cuando se cambia de política la reina Isabel había muerto en Medina del Campo, el día 26 de noviembre de 1504, por lo que culparla de cualquier hecho censurable de la conquista de América por los españoles es ignorar lo que fue la conquista. Pero, además, la voz en off ofendiendo a la reina española debía tener mala intención, pues aprovechó la víspera del aniversario de su muerte para lanzar tal invención, falsedad y calumnia.

Es hora de que en las instituciones de enseñanza se instruya bien de lo que es la Historia de España, y se supere la leyenda negra, que influye en un gran sector de españoles.

Juan Goti Ordeñana, Valladolid

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