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Era toda una señora de Oviedo

30 de Diciembre del 2017 - Antonio Parra (CUDILLERO)

Ha fallecido en Madrid Carmen Franco, la única hija de nuestro Caudillo. Era toda una señora de Oviedo que aguantó con dignidad y elegancia (esa elegancia ovetense) los enconos, procacidades, calumnias y vituperios de la prensa cañonera manejada por aquéllos que no perdonan que su padre dejase una España en paz, económicamente fuerte, moderna y en progreso. Hablé con doña Carmen en una cafetería de Reina Victoria hace quince años para hacerle entrega de mi libro “España y Sefarad un amor secreto”. Me dio las gracias, pero me hizo entender que ella era una dama y me citó una frase de su padre “yo no me meto en política”. Había estudiado yo mucho de su vida y le recordé aquel gran reportaje en la revista “Life” cuando aparecía en el regazo del Caudillo vestida con un traje blanco de encaje. Era el amor suyo y la llamaba la “Morucha”. Hizo la guerra en una “ruló” en la cual Franco había establecido su cuartel general, poca comodidad pero mucha dignidad y austeridad que le caracterizó. Le gustó mucho la noticia que yo había extraído de los periódicos de la época contándole las incidencias del noviazgo de su papá. Los Polo consideraban a don Francisco “el comandantín” poco partido, y éste, para impresionar al personal, marchaba por la calle Uría a lomos de un caballo blanco, luciendo su flamante estrella de ocho puntas y las espuelas de plata, para impresionar a su prometida. “Yo sólo vivo para mi Paco”, declaró ésta alguna vez en recortes de prensa que acribé en mis tiempos de hemeroteca, y cuando le convocaron al Tercio poco después de su matrimonio en la iglesia de San Juan: “Otra vez empieza la música”. Le aguardaban sus soldaditos del Rif. “Las balas son como las cartas, llevan tu nombre y dirección y cuando llegan abrirlas es tu obligación”. Y le pegaron un tiro los del Abdel Krim en el vientre. Le daban por muerto, pero él tiró de pistola y apuntando al capitán médico con el arma requirió ser trasladado al botiquín de campaña. Un tiro en el vientre era muerte segura, pero el comandantín tenía “baraka” y un valor más allá de lo que se supone a uno de infantería. Visto lo cual los moros de su harca le consideraban como un dios, y esa “baraka” salvó a España. Carmen Franco, por aquello de honra merece el que a los suyos se parece, había heredado de su padre la valentía. “No tengo miedo a la muerte, le vi el rostro muchas veces”, confesó en unas declaraciones al cabo de ser desahuciada este verano de los médicos por su cáncer terminal. Se negó a ser intervenida quirúrgicamente. He ahí otro gran detalle de su arrojo. Ella los tenía bien puestos, lo mismo que su progenitor. Y éste es un detalle que se les pasará a los informadores carroñeros que hozan y meten el hocico en la cadaverina de la actualidad. Carmen Franco Polo y Bahamonde, descanse en paz.

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