Érase una vez
Caben pocas dudas de que el uruguayo-argentino Horacio Quiroga es uno de los mejores cuentistas en lengua castellana –si no el mejor–. También es probable que Quiroga también sea el mejor de las Américas, con permiso de Poe, y de otros buenos prosistas norteños; e incluso estar por encima de los europeos, pues Chéjov hubo de pasarse tres años escribiendo a destajo para alimentar a los suyos, y después centrarse en obras mayores y de teatro; aun así tiene muchos cuentos ejemplares, como Vañka. También Maupassant, se entretuvo mucho con su novelón Bel-Amí, y con relatos extensos, aunque algunos cuentos, como “Claror de Luna”, le salieron redondos.
Para encontrar cuentistas-cuentistas ¿habrá que recurrir a aquellos para niños, como los hermanos Grimm? Sus cuentos no solían exceder las cuatro páginas, y cumplen el “Decálogo del buen cuentista” de Quiroga, sin siquiera haberlo leído pues nacieron un siglo antes que el uruguayo; lo mismo se puede decir de Perrault y de sus cuentos.
Hay que agradecer a Quiroga que además de sus cuentos, nos dejara los opúsculos “Los trucos del perfecto cuentista”, “La retórica del cuento” y “El manual del perfecto cuentista”, que no son sino la exposición de los rasgos distintivos del cuento respecto al relato y a la novela.
“Todo es comenzar, pero la primera palabra del cuento debe escribirse con miras al final”. “El comienzo exabrupto, como si el lector ya conociera parte de la historia, proporciona al cuento insólito vigor”. “Así como su inicio con oraciones complementarias, o condicionales”: “Como acababa de llover, el agua goteaba aún por los cristales. Y el seguir las líneas con el dedo fue la diversión mayor que desde su matrimonio hubiera tenido la recién casada” o “La chica, aún a medio vestir, se miró al espejo y al ver su rostro tan terso y rejuvenecido, expresó, risueña, su gratitud a su amante. Aún sonaba la salmodia del ciego desde la calle: veinte iguales para hoy, para hoy”.
También hay modelos de comienzo de viejos cuentos: “Pues señor, este era un molinero que tenía tres hijos. Cuando murió les dejó por toda fortuna un molino, un burro y un gato”. (Perrault). “Un gato hizo una gran amistad con un ratón, así que decidieron vivir juntos, pero –dijo el gato– hemos de aprovisionamos para no pasar hambre en el invierno” (Hermanos Grimm). “La reina de Castilla, mujer virtuosa, pero que no estaba a salvo de la llama, que cuanto menos conocida más quema, viendo que el caballero no pretendía a ninguna de sus damas, le preguntó cómo era posible que amara tan poco como aparentaba” (Margarita de Valois). “Vosotros que me leéis, estáis aún entre los vivos. Yo, que escribo ahora, estaré desde hace mucho tiempo, en viaje por la región de las sombras” (Poe). “El pueblo era pequeño, peor que una aldea, y en él vivían apenas unos ancianos que morían tan de tarde en tarde, que hasta resultaba enojoso. En el hospital y en la prisión había muy poca necesidad de ataúdes. En una palabra, el negocio marchaba mal” (Chéjov).
En su “La retórica del cuento” dice Horacio Quiroga, que no es indispensable que el tema a contar constituya una historia con principio, medio y fin. Una escena trunca, una simple situación sentimental, moral o espiritual, poseen elementos de sobra para realizar con ellos un cuento; es decir, en tal caso, no hace falta un argumento. Pero todo tipo de cuento ha de tener intensidad, energía y brevedad; hay que ir al grano, sin divagaciones superfluas. “¡Si hay ornato no hay cuento! El cuento es como una flecha que, cuidadosamente apuntada, parte del arco para ir directamente al blanco. Cuantas mariposas traten de posarse en ella para adornar su vuelo no conseguirán sino entorpecerlo”.
De su “Decálogo del perfecto cuentista” cabe destacar: “IV. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón. V. No empieces a escribir sin saber desde la primera línea adónde vas. VI. Si quieres expresar con exactitud: “desde el río soplaba un viento frío”, no hay en lengua humana otras palabras que las dichas. VII. No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él sólo tendrá un color incomparable”.
Al precisar Quiroga –“sin necesidad”– implicaba que “en caso de necesidad” hay que echar mano de adjetivos determinativos; y que el evitar el uso de calificativos es la virtud cardinal del arte o del vicio de escribir.
José María Izquierdo Ruiz, Oviedo
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