Claroscuros

10 de Febrero del 2018 - José Luis López Tamargo (Oviedo)

Siempre ha preocupado el tema de la inmortalidad y el futuro regido por máquinas autoconscientes. Autores rompedores como Yuval Noah Harari auguran un porvenir perturbador para la especie y muy desigual. Por siglos no hemos hecho más que luchar contra hambres, pestes y en guerras. Hoy ya hay recursos tecnológicos para acabar con esas lacras de escasez y brutalidad para la humanidad. Sin embargo, instituciones como la ONU y la UNESCO son contestadas, viven un repliegue notable y no gozan de reconocimiento unánime. El espectáculo y el entretenimiento sensacionalistas son el núcleo del lucrativo sistema, aunque sean legión los trabajadores pobres y todo se haya vuelto un asunto individualista y personal. Las experiencias totalitarias han sido terribles y nos vacunan contra extremismos pero la democracia sólo es de baja intensidad, con un predominio de foros decisorios e instancias económicas a puerta cerrada. Las totémicas constituciones y el parlamentarismo, nacidas en los siglos XVII y XVIII respectivamente, de bases contractualistas ilustradas, en pleno auge del ascenso burgués y del mercantilismo inglés, necesitan reformularse de un modo actualizado y abierto, la democracia es social y se entiende también corno dignidad universal y promoción de oportunidades equitativas, aunque sea en el marco estrecho del cuestionado estado-nación o en la Unión Europea, que tiene sin duda su lado hipertecnocrático y elitista. Es el momento de la sociobiología, la tecnobiología, las ingenierías transhurnanistas y los algoritmos cibernéticos. De todo tipo de avances en ciencias de la vida para los estamentos privilegiados. Menos mal que nos quedan el sistema educativo finlandés, la Cruz Roja, los cooperantes y médicos en proyectos de desarrollo, la conciencia medioambiental, los donantes para trasplantes, el arte, la gente sencilla que sonríe y se supera cada día, dando verdaderamente sentido a una vida compartida y no tan compartimentada y exclusiva. En este exiguo mundo de paraísos artificiales, con más de 65 millones de desplazados por ahí, el ser humano ya aspira a ser biónico, inmortal, extraplanetario y divino. Casi nada.

José Luis López Tamargo

Oviedo

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