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Populismo y fascismos

10 de Febrero del 2018 - Ana María Fernández Menéndez (Avilés)

Según la RAE, populismo es una tendencia política que pretende atraerse a las clases populares, pero en la práctica es un término de aplicación reciente bastante confuso y difuso. Cualquier estridencia, cualquier ocurrencia, cualquier extravagancia o cualquier cuestionamiento de la realidad no convencional o novedoso es tachado de populismo. También los fascismos buscan atraer a las masas aprovechándose de su descontento ante las crisis económicas, cuestionan el orden establecido y quieren cambiar el Estado, reformarlo, rehacerlo, hacerlo casi nuevo con unas leyes, unas reglas y unas estructuras a la medida de sus intereses.

Evidentemente, no todos los que cuestionan el orden o desorden establecido, el estado de opinión generalizado, la necesidad de cambios y reformas y de soluciones más o menos novedosas o análisis poco convencionales son populistas o fascistas, pero es precisamente en ese común objetivo de la necesidad de cambios donde todos convergen, donde puede producirse la confusión de unos con otros.

Quizá esta situación explique lo que está ocurriendo en los partidos políticos, donde lejos de mostrar posiciones ideológicas homogéneas, como cabría de esperar, se producen encarnizadas y fratricidas luchas entre sus miembros por el control del propio partido, de su ideología y por el acceso al poder político y a las instituciones. Ocurrió en el PSOE, ocurre en Podemos y parece que también comienza a producirse, al menos a nivel local, en el Partido Popular.

También es llamativa y desconcertante la dureza, el oportunismo, el cainismo y la deslealtad con que Ciudadanos trata al Partido Popular, su socio de gobernabilidad en el Gobierno central y en la Comunidad autónoma de Madrid, en un intento de captar a la mayor parte de su electorado, para, según dicen, gobernar España, sin haber tenido antes ninguna responsabilidad de gobierno, ni local, ni autonómico, ni central, que pudiera avalar su gestión. Más bien parece que esperan una adhesión casi incondicional para su desconocido proyecto político.

Parece que los fascismos vuelven, y vuelven con fuerza, aunque enmascarados, disfrazados, disimulados, con ocasión de la última crisis. El ejemplo más claro, aunque no el único, lo tenemos en el independentismo soberanista catalán, que a pesar de sus actualizaciones, adaptaciones y rectificaciones es un fascismo, en versión nacionalista, de libro.

Se confunde o desea confundir la señora Arrimadas cuando días después de su victoria electoral afirmó de manera rotunda y triunfalista que el soberanismo independentista catalán es un castillo de naipes que se derrumba. No es cierto.

Los fascismos, especialmente los más nacionalistas, son ideologías potentes, tienen estructura, cohesión y lógica interna, y aunque están basados en mitos, leyendas, falsificaciones y tergiversaciones históricas, y aunque son antiintelectuales, basados más bien en sentimientos y creencias que en verdaderos razonamientos más allá de los propios, tienen una mística de raza, sangre, tierra, pueblo, cultura e historia que crea comunidad nacional, fusiona voluntades, canaliza energías y capta y engancha a la gente, la moviliza, la fanatiza.

A estas ideologías hay que combatirlas y neutralizarlas, y no es tarea fácil, en primer lugar ideológicamente, en el sentido más positivo y etimológico del término, con filosofía, psicología, sociología, lingüística, literatura, geografía, historia, antropología, es decir, con letras, con muchas letras, y esto parece que no se ha hecho en Cataluña, o no lo suficiente, ni por parte de los partidos políticos ni de la sociedad civil. También se le puede combatir y neutralizar por la fuerza, la fuerza de la ley, y en casos más extremos con la fuerza de las armas, como ocurrió en 1939.

Vivimos en una sociedad cada día más tecnológica pero también cada día más iletrada. Durante años se han ido arrinconando, desprestigiando y devaluando las letras, incluso en los planes de estudio, considerándolas como saberes poco menos que inútiles y decorativos. Los resultados ya los estamos comprobando ahora. La buena cultura hubiera sido y seguirá siendo una vacuna eficaz contra estas ideologías.

También estamos atravesando una gran crisis que no es sólo económica y política sino también cultural y moral, con una gran confusión entre valores y contravalores que puede conducir a una inconsciencia moral que a su vez suele desembocar en incertidumbre y caos personal, que es el caldo de cultivo idóneo para que se desarrollen y afiancen estas ideologías.

Constantemente oímos hablar de democracia como si fuera la solución para todos los problemas, pero la democracia no es un sistema perfecto, precisamente una de sus grandes contradicciones es que a través de ella lleguen al poder personas y grupos que quieren destruirla y transformarla en tiranías totalizantes, excluyentes, violentas y, llegado el momento, en crueles y sanguinarias. Ocurrió en Italia, ocurrió en Alemania y no podemos permitir que vuelva a suceder algo parecido.

Ante esta situación es importante que los partidos políticos, que son el medio a través del cual se accede al poder en democracia, extremen su vigilancia e impidan que se cuelen entre sus filas y ocupen puestos de relevancia política personas o grupos que ocultan sus verdaderas intenciones o que defienden intereses inconfesables.

Por otra parte, sería muy deseable que los políticos y una parte importante de los medios de comunicación dejaran de fomentar este clima de crispación, de confrontación y de agitación permanente que padecemos para sustituirlo por un ambiente de entendimiento, de cooperación leal y de juego limpio, y entre todos, y dentro de un sano y honesto pluralismo, encontrar las mejores soluciones para el país y sus ciudadanos. Ésa es la grandeza de la política y de la democracia.

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