Pasos en la oscuridad
Es simpática, se dijo el cinéfilo, la leyenda que aparece justo antes de empezar las películas, “Gracias por elegirnos”, seguida por una sonrisa de emoticono en forma de Ü, al ser el único cine que nos han dejado en Oviedo. Y recordó con añoranza el Fruela, el Aramo, el Principado, el Ayala, el Roxy y el Palladium; y que cuando se fueron, había renacido la ilusión con los prometedores multicines Brooklyn y Clarín, que serían sus dignos sucesores. Pero un mal día, uno de ellos se convirtió en supermercado y el otro en comercio. “Nos han dejado solos, como a los de Tudela, de cualquier manera”, y sin sucesión. Luego pensó que este juicio era injusto porque en su lugar pusieron allende Pumarín, unos multicines de 12 salas confortables, y que un buen día nos pondrían cines en el Centro Cívico y en el Calatrava, con lo que nos vienen engatusando hace rato.
Lo bueno del caso es que la ciudad de Oviedo no es la única de Asturias en que la concentración de cines en las grandes superficies ha expulsado del centro los últimos reductos del cine de proximidad; en Gijón los Centros, y en Avilés el Marta, justo en el corazón de las ciudades. ¡Mal de muchos...!
Hablemos de los Yelmo. Confortables si los hay, climatizados si los hay, con palomitas para las parejas, y con dulces para que nos quiten el mal sabor de tantas tediosas películas que se proyectan, y no sólo en los Yelmo, sino por doquier, en los cines de las dos o tres empresas que copan el centro de Asturias, incluyendo las Cuencas. El otro día el cinéfilo, por recomendación de los críticos, fue a ver el “thriller” de “El pasajero”. Un convoy de trenes de cercanías con muchos vagones de lo más vulgar, sale de Nueva York, hacia Tarrytown. No es como en el viejo “Asesinato en el Oriente Express”, ni mucho menos, sino un triste suburbano, y el asesinato no es nada elegante, pero el cinéfilo no puede escapar de la sala n.º 6, porque otros cinéfilos le obstruyen el paso, y para hacerlo por la escalera sin barandilla hay que ser un saltimbanqui, agarrándose a los respaldos de los asientos, y dando saltitos en la oscuridad. Al fin, ya en el servicio de caballeros, se hace la luz al subir un escalón de un palmo de altura; finalmente puede iniciar su propósito, pero enseguida se va la luz y, tras concluir en la oscuridad, para alcanzar la puerta y el escalón de salida, ha de agarrarse a las paredes, dando pasos en la oscuridad. A la salida, sano y salvo, se queja a un operario de que así se puede uno descrismar o, al menos, romperse la cadera, de fatales consecuencias en mayores. “¡No es usted el único que se queja, caballero, pero estamos en ello, estamos en ello!”. Sí, desde hace meses están ustedes en ello. Sólo tienen un sensor en la entrada; por una perrona podrían poner más sensores; no basta con estar en ello, sino que hay que ponerse a ello”, le dice el cinéfilo mientras le apunta con el índice de la mano derecha, y el pulgar alzado; y, en señal de complicidad, le sonríe en Ü.
José María Izquierdo Ruiz
Oviedo
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