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Un destello del pasado

12 de Marzo del 2018 - Mario José Diego Rodríguez (Gijón)

En estos tiempos en los que la más retrógrada de nuestra sociedad se enorgullece y levanta cabeza, arropándose detrás de himnos, envolviéndose con banderas y cubriendo de oprobio a todas aquellas personas que individual o colectivamente se oponen al poder establecido, unos lingüistas suecos descubrieron una nueva lengua hablada por 280 personas en el norte de Malasia y a la que denominaron jedek.

Siendo esta comunidad del norte malasio una comunidad de cazadores-recolectores, en la que no existen oficios, ya que todos poseen las habilidades que requiere ese modo de vida, no es de extrañar que dicho modo de vida se refleje en su lengua y no existan palabras para designar muchos de los conceptos que nosotros utilizamos.

Es una comunidad en la que prácticamente no existe diferencia de género ni violencia, en la que incitan a su progenie a no competir entre sí y en la que no existen ni leyes ni tribunales. En su lengua no existen palabras para designar la propiedad, ni tampoco verbos equivalentes a los de robar o vender. Sin embargo, el vocabulario designando las múltiples maneras de intercambiar y de compartir es abundante.

Esta comunidad, utilizando el denominado jedek, lleva aún en su seno la huella de la organización social existente en el amanecer primitivo de la humanidad y que más tarde se denominó “comunismo primitivo”.

Esta forma de organización de la sociedad, que duró centenas de miles de años y vio los primeros éxitos de nuestra especie, ha sido superada por otras formas de organización social teniendo por consecuencia la aparición del Estado y la propiedad privada, facilitada, tan sólo algunos miles de años atrás, por el logro de la productividad.

Desde entonces, la opresión, el robo, la explotación, la violencia y la mentira florecieron en las relaciones entre seres humanos al mismo tiempo que las palabras para nombrar tales comportamientos.

Según muchos investigadores lingüísticos, toda lengua hablada por menos de 100.000 personas acabará, a corto o medio plazo, extinguiéndose. Esperemos que esas 280 personas que practican esa bella lengua de nuestros antepasados consigan mantenerla viva aún por mucho tiempo; podría servirnos de ejemplo en una sociedad librada de todo ánimo de lucro.

¿Utópico? Utópico dirán algunos, o muchos. ¿Y qué?

“Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños. De examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con nuestros sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía”, Lenin.

Por ahora, el poder –aunque realmente nunca se sabe, por eso hay que aprovechar– no ha dictado ninguna ley prohibiendo soñar, así que soñemos, comparemos y trabajemos en hacerlos realidad, para poder utilizar una bella lengua similar al jedek.

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