Semblanza de unas mujeres españolas de raza
Las mujeres conocidas como “Cantineras” realizaron una labor encomiable durante las operaciones militares llevadas a cabo por el Ejército español en Marruecos en los primeros años de implantación del Protectorado comprendidos en el primer tercio del siglo XX. Heroínas que quedaron en el olvido al no estar integradas en la milicia y por ello no participar en los combates, pero que seguían a las tropas con sus cantinas ambulantes alcanzando junto a los soldados las posiciones asentadas en los lugares más recónditos de aquel escabroso terreno del macizo montañoso del Rif. Seres trashumantes, hombres y mujeres, que se convertían en los compañeros inseparables de los integrantes de las unidades militares que guerreaban en primera línea, caminando a su lado junto a sus borricos cargados sin pensar en el peligro que suponía para ellos el pisar unos caminos enfilados por un enemigo que les esperaba guarecido en las resquebrajaduras del terreno y sufriendo el desgarro en los pies calzados con unas simples alpargatas al tener que caminar por aquellas pistas sembradas de resacas y puntiagudas breñas y cubiertas de atosigantes chinorros, hasta que exhaustos y derrengados alcanzaban las cotas más altas donde se asentaba una posición española.
Mujeres de condición humilde y vida mísera que por circunstancias varias, viudas cargadas de hijos, maridos enfermos, con escasos recursos para poder sacar adelante una prole numerosa, deudas acumuladas en la familia, entre otros, se lanzaban a la aventura de seguir a las tropas que guerreaban en tierras rifeñas hasta alcanzar las posiciones conquistadas y, una vez que tenían la autorización del jefe militar, montar sus “chiringuitos” disponiéndose a vender a los soldados artículos varios, víveres, bebidas, productos de higiene, y otros, consiguiendo con el paso de los días ganarse el afecto y la confianza de los integrantes de las guarniciones para con gran habilidad ir traspasando a sus bolsillos los ahorros guardados por esos valientes con tanto sacrificio. Pero mujeres dotadas de gran corazón que ejercieron una labor de madres de aquellos jóvenes soldados que luchaban tan lejos de sus casas y actuando de enfermeras cuando caían heridos por los disparos del enemigo. Dotadas de una gran valor y patriotismo, tomaban un fusil cuando la situación lo requería y guareciéndose tras el parapeto empezaban a disparar contra “los rifeños rebeldes” que pretendían asaltar el enclave español.
En la media tarde del 23 de julio de 1921 llegaba a la posición de Batel, asentada en la línea de la carretera que unía el abandonado campamento general de Annual con la plaza de Melilla, y a unos 18 kilómetros de la importante posición de Dar Dríus, que había caído en poder de los “rifeños sublevados”, la columna comandada por el general Felipe Navarro, que en franca derrota había emprendido la retirada con la pretensión de alcanzar la posición de Monte Arruit. La citada posición de Batel, deficientemente fortificada para soportar el embate de las “harcas rifeñas”, dirigidas por el cabecilla Muhammad ibn Abd el Krim, se encontraba en esa fecha defendida por una compañía de posición y treinta soldados del Regimiento de Infantería “África” 68, al mando del teniente coronel José Piqueras. Al comprobar el general Felipe Navarro que el recinto era insuficiente para albergar a los integrantes de la columna recién llegada, ordenó que un número determinado de ellos continuase hasta la posición de Tistutin, que se encontraba asentada 3/4 kilómetros más adelante bajo el mando del capitán González Vallés del citado regimiento.
En Batel se encontraba la cantinera Juana Martínez López, granadina de nacimiento y de unos 45 años de edad aproximadamente. De estatura media y de fuerte complexión, estaba casada con Bernardino Vizcaíno Sánchez y era madre de cinco hijos, que estaban con ella en esa posición. El día anterior, cuando se llevó a cabo el abandono del campamento de Annual, la citada cantinera salió a la carretera para ofrecer agua y las bebidas de su cantina a los heridos que eran trasladados en ambulancias hasta Melilla con el humanitario propósito de que pudiesen aplacar la sed que resecaba sus gargantas. Ante las noticias que le dieron los que llegaban huidos, decidió que los cuatro hijos menores que estaban con ella se fuesen en un carromato a Melilla con su conocido Víctor Pérez. Ella continuó en Batel con su hijo mayor, que se llamaba Salvador y tenía 15 años, permaneciendo guarecida con él en los almacenes de la Estación de Ferrocarril, defendiendo el puesto fusil en mano junto a un reducido grupo de soldados, hasta el día 23 cuando se vieron obligados a realizar una retirada hasta la misma posición, llegando a ella aproximadamente a la misma hora en que hacía su entrada la diezmada columna procedente de Annual al mando del general Felipe Navarro. En Batel se mantuvo la cantinera Juana Martínez atendiendo a los heridos que habían llegado y a los que diariamente se producían por los disparos rifeños. Ante la imposibilidad de continuar en esa situación y ante la falta de víveres, especialmente agua, siguiendo instrucciones del general Felipe Navarro sobre las dos horas de la madrugada del día 29 de julio la columna emprendió la marcha hacia Monte Arruit. Durante la retirada la mortandad fue terrible llegando a disparar “los rifeños rebeldes” a quemarropa sobre los soldados españoles que a duras penas podían responder a los ataques y cometiendo sobre los heridos que apresaban una verdadera carnicería. Distinguiéronse durante la marcha los escuadrones del Regimiento de Cazadores de Alcántara 14.º de Caballería en su misión de repeler a “las masas enfurecidas de rifeños” que pretendían llegar hasta la columna que marchaba en retirada sufriendo cuantiosas bajas durante los combates. La cantinera Juana Martínez, llevando a su hijo a su lado, no cesó de disparar su fusil contra los atacantes que se acercaban, hasta que sobre las 11 horas de la mañana lo que quedaba de la columna pudo hacer su entrada en Monte Arruit. Los escuadrones quedaron diezmados en su lucha contra “los moros”.
Al introducirse en el recinto amurallado, la cantinera Juana Martínez se topó con María Gómez Gil, quien tenía montada una cantina en esa posición y que unas circunstancias muy parecidas a las de su compañera recién llegada la habían obligado a tomar la decisión de seguir a las tropas españolas realizando una meritoria labor de “cantinera”. Desde un primer momento las dos mujeres formaron equipo ayudadas por Salvador, el hijo de Juana Martínez, y en compañía del “pater” José María Campoy, del Regimiento de Cazadores de Alcántara 14.º de Caballería, empezando todos ellos a atender a los innumerables heridos que se encontraban tirados de cualquier forma y en cualquier lugar mientras los escasos sanitarios pertenecientes a Sanidad Militar, ayudados por otros refugiados y por aquellas dos bravas mujeres y sus acompañantes, intentaban acoplarlos de la mejor manera posible en aquel recinto de desolación y muerte que seguía siendo hostigado por continuas descargas enemigas que continuaban llevando la desesperación a los encerrados entre aquellos muros de piedra. Fueron muchos los jóvenes soldados que murieron en los brazos de aquellas valientes mujeres, que en ocasiones lloraban amargamente ante tanta aflicción y tanto dolor. Ellas representaban en una situación tan dramática el espíritu femenino de compasión y amparo ante tanta juventud masacrada. Al día siguiente de la llegada de la columna, “los rifeños” empezaron a cañonear la posición haciendo que los obuses al explosionar en el interior del recinto, repleto de refugiados, produjesen una auténtica carnicería. En los brazos de Juana Martínez, teniendo a su compañera María a su lado, murió el teniente coronel Fernando Primo de Rivera, jefe del Regimiento de Cazadores de Alcántara 14.º de Caballería, a quien el médico Felipe Peña con otros sanitarios le tuvieron que amputar un brazo destrozado por una esquirla de un obús al explosionar y quedar afectado por la maldita gangrena. Los médicos se veían obligados a realizar las curas y las amputaciones desinfectando las heridas con agua de colonia y sin cloroformo ni anestésicos porque no había. Para aguantar el dolor los heridos mordían trapos o trozos de madera terminando al final por caer desfallecidos. Sin embargo, las dos bravas mujeres cuando las circunstancias lo requerían continuaban mostrando su valentía y su patriotismo apoyando en su lucha a los defensores al pegarse junto a ellos en el muro de piedra y disparar contra el enemigo. En ocasiones acompañaban al grupo de soldados nombrado por el mando para acercarse hasta el arroyo cercano y realizar la aguda (suministro de agua), produciéndose en cada ocasión sensibles bajas por las descargas rifeñas. María Gómez fue herida en tres ocasiones, dos de ellas cuando llegaba a la posición después de acompañar a un grupo de soldados a realizar una operación de suministro, en las que continuaban sufriendo cuantiosas bajas entre muertos y heridos de diversa consideración.
Ante la terrible mortandad que se estaba produciendo en la posición por las descargas rifeñas y por los obuses al explosionar, y por las enfermedades infecciosas que se habían adueñado del recinto, el general Felipe Navarro decidió la capitulación y la entrega del recinto a “los caídes rifeños” que dirigían “los grupos rebeldes”. Pasadas las 15 horas del día 9 de agosto de 1921, los refugiados en la posición de Monte Arruit iniciaron la salida en dirección al Atalayón, donde estaban las tropas españolas, según lo acordado con “los caídes rifeños”. Los jefes y oficiales junto con las dos cantineras fueron obligados a empujones y a culatazos a tomar una pista que los llevaría hasta la cercana estación de ferrocarril para continuar su marcha hacia lo desconocido. Sin embargo, cuando la columna formada por los refugiados tomó la cuesta en su caminar hacia la salvación, desarmados e indefensos, fue asaltada por una jauría salvaje sedienta de sangre y de venganza que empezó a disparar de forma indiscriminada contra los enloquecidos soldados españoles dando vueltas a su alrededor para que ninguno de aquellos desgraciados pudiese escapar. Las gumías y algunos alfanjes eran manejados con gran habilidad por “aquellos desalmados rifeños” para rematar en el suelo a los suplicantes enfermos y heridos en una orgía de sangre y muerte...
Entre tanto los jefes y oficiales españoles, junto con las dos cantineras y el hijo de Juana Martínez, fueron llevados a unas casas propiedad del “caíd rifeño” Ben Chel-lal, ubicadas entre Monte Arruit y Zeluán, esperando órdenes de los hermanos Abd el Krim, quienes posiblemente quisieran canjearlos por dinero al Gobierno español. Unos días después, las dos mujeres fueron liberadas por el “caíd rifeño” y conducidas hasta Nador para, con el permiso del “Xerif” (Gobernador) de la villa, continuar hacia Melilla y ser recogidas por las tropas españolas. En la plaza recibieron toda clase de parabienes y promesas, la mayoría de ellas incumplidas. Como quiera que las dos mujeres habían perdido todos sus ahorros durante la retirada, Juana Martínez decidió volver a Monte Arruit y los propios soldados de la guarnición le construyeron una nueva cantina en la que estuvo ejerciendo otra vez su meritoria labor de “cantinera” hasta que pasados unos años cayó enferma y fue trasladada por sus hijos a Melilla para ser tratada, falleciendo unos días más tarde, el 14 de octubre de 1929, cuando contaba 48 años; siendo enterrada en el cementerio de la Purísima Concepción. En lo que respecta a su compañera María Gómez Gil, marchó a la Península muy enferma, siendo recogida en su casa por un militar retirado donde pasó el resto de sus años de vida.
Cabe destacar también a otras esforzadas y bravas mujeres españolas que trabajaron como “cantineras”: la célebre Ignacia Martínez, quien acompañó a las tropas españolas durante la Guerra de África de 1859-60; Dolores Llompart Llevería, quien durante la Guerra de 1909 estuvo de “cantinera” en el Batallón de Cazadores de Alfonso XII; Asunción Martos, quien en esa misma campaña estuvo en el Batallón de Cazadores de Talavera núm. 15 y se cuenta de ella que el vino que vendía “...no era ni blanco, ni tinto, ni de otro color” pero que los soldados siempre la solicitaban para que “echara media de vino al porrón” y que posiblemente en el Ejército se popularizase la famosa canción de “El vino que vende Asunción...”, pura leyenda; la conocida como “La Peque”, Vicenta Valdivia Salmerón, quien en 1920, cuando sólo contaba 17 años, marchó al campamento de la Legión en Tahuima (Marruecos), donde empezó a trabajar como encargada de la limpieza del bar de la primera bandera: también Herminia Morgado Fuentes, quien con 23 años siendo “cantinera” de la Legión fue herida, falleciendo en octubre de 1925, entre otras...
Generaciones de mujeres españolas que se fueron sucediendo durante la primera mitad del siglo pasado, quienes interviniendo en acontecimientos donde supieron exponer su gallardía y sus sentimientos como auténticas madres y esposas al enfrentarse al Gobierno al llamar a filas a los reservistas “Semana Trágica” (1909), huelgas revolucionarias (1917) para intentar salir de la miseria y de la pobreza en la que estaban inmersas sus familias, trabajos duros y humillantes para llevar algún dinero a sus casas cargadas de hijos, y más tarde siendo afectadas en un bando u otro durante la Guerra Civil, una vez terminado el enfrentamiento fratricida entre españoles, sin actitudes estrafalarias o desnudeces indecentes en capillas, parlamentos u otras instituciones, supieron con su trabajo y su entrega ser la base esencial de aquellas familias numerosas, núcleo fundamental de una sociedad, elevando el nivel de pobreza y miseria de una sociedad en los principios de 1939 al nivel que a partir de 1975 sirvió de base para el establecimiento del actual sistema democrático. En una vida sencilla y humilde supieron elevar el estatus de la mujer a lo más sublime.
En el recuerdo de todas ellas, mi respeto, mi admiración y mi reconocimiento.
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