Esto es la vida, ¡y me la quería perder!
En el mismo instante en que la alarma del móvil suena a las 7.00, la frecuencia cardiaca pasa de 56 ppm a 76 aproximadamente, es decir, 20 más en cuestión de milésimas de segundo. Lo sé porque he llevado un mapa de tensión en tres ocasiones. El corazón se levanta apresurado, al igual que el resto del cuerpo. Mis pies se dirigen ágiles a la cocina. Preparo desayunos, levanto a mi hijo mayor, después al pequeño, buenos días, un beso y Cola Cao con galletas para todos que es lo más fácil y rápido. Me ducho, me visto, lavo y visto al menor, reviso que en la mochila del mayor esté la ropa de cambio, la flauta y el Kit-Kat del recreo. Con el tiempo pegado al lugar donde la espalda pierde su nombre, dejo al peque en la guardería y llevo conmigo al mayor, gracias a Dios al mismo colegio en el que yo trabajo. Normalmente caminamos tan deprisa que, mientras me va contando la historia de los visigodos, tengo la sensación de que los pies no llegan a tocar el asfalto. Doy cuatro horas consecutivas a niños de entre 6 y 12 años, cada uno con su situación, dificultades y registro de voz. (A su lado “AC/DC” al volumen extremo es una insignificante y dulce melodía). Habitualmente como un pincho, de pie y de pollo y continúo con clases por la tarde. Con suerte salgo a las 17.00, si no ya nos plantamos en las 19.30. Recoge al mayor de sus actividades, vete a por el pequeño. Quieres sentirte buena madre y los llevas al parque donde te espera otra sesión de música heavy metal que sale disparada de las gargantas de un puñado de niños que corren, empujan y gritan a tu alrededor. Antes de ir a casa pasa por el súper, compra lo necesario para el día siguiente, prepara baños, cenas, ¡ojo a esas patatas que quieren quemarse!, pregunta a tu hijo mayor la teoría del control de Lengua, lee un cuento al pequeño, no te olvides de rezar con ellos. Si se duermen a las 22.00 es con ayuda de Dios y si son las 21.30 es un milagro. Prepara la ropa del día siguiente, córtate las uñas y siéntate a cenar. ¡Un momento, si son las 23.20 de la noche y aún no he planchado los uniformes! Es entonces cuando dices: -“Mañana van arrugados”. Si alguien tiene la osadía de decir que mis hijos no llevan la raya del pantalón bien hecha, que mire a ver si los suyos metieron el compás o los pañuelos de papel en sus mochilas. Éste es el día a día, de hoy en día y mientras tanto, que no se nos olvide respirar.
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