La oficialidad que viene
En "La oficialidad conviene" (LNE del 21 de mayo) vuelve el amigo Monchu (Ramón García Fernández) por do solía, reivindicando la oficialidad del bable, esta vez con un texto poderosamente artillado con citas de autoridad: Jovellanos, Dámaso Alonso, Bousoño, Laín Entralgo... No se anda Monchu por las ramas; entra en materia a tumba abierta: "La llingua es la lengua identitaria de los asturianos. Es un derecho humano". Y por si en la Xunta no vienen bien dadas, se cura en salud rematando: "Siendo un derecho humano inalienable, no puede estar sometido a la voluntad de las mayorías".
La invocación de los derechos humanos no debiera estar reñida con la prudencia al enfilar las curvas ni con la aceptación de que incluso en las rectas se deben respetar los límites de velocidad. También el quesu cabrales tiene algo que ver con la identidad asturiana, y qué pasa si uno prefiere el gorgonzola. La libertad religiosa, ¿no es también un derecho inalienable? Los estados liberales protegen esa libertad no declarando oficial a ninguna de las religiones.
Guiándose por el sentido común (que también debiera ser tenido por humano e inalienable) habla uno en bable con los vecinos y con los amigos asturianos donde quiera que se encuentren; con los demás, habla uno en castellano. Con un francés o un italiano que no entiendan español (y es probable que tampoco el bable), echa uno mano del francés o del italiano. Porque al hablar, lo esencial es entenderse; no afirmar una identidad y darle al otro en las narices.
Por otra parte, el paraíso de la "oficialidad" que se nos propone no es una tierra virgen e inexplorada. Es un territorio que lleva décadas registrado en el catastro de la experiencia. Amarga experiencia. Dejemos de lado el País Vasco, donde se aplica el experimento de colonización lingüística tal vez más absurdo y brutal, y acerquémonos a Cataluña. En Cataluña el español goza de cooficialidad con el catalán. Por eso, si un tendero rotulara su tiendina "Alpiste para jilgueros" le caería un multazo del copón y le obligarían a rotular "Escaiola per caderneres". Conque, si te mudas a Cataluña, entre que aprendas catalán y des con el alpiste se te habrá muerto el jilguero. Discreto encanto de la cooficialidad.
"Con una buena literatura que supere el localismo y presente valores universales de creación, esa lengua, la que sea, entra por la puerta grande" (Alonso Zamora). No se franquea con decretos esa puerta grande. El castellano, incipiente y balbuciente, tuvo con Berceo "Los milagros de Nuestra Señora"; del manantial anónimo del "Cantar de mio Cid" fluye el romancero a lo largo y ancho de los siglos. Alfonso X el Sabio compuso en gallego sus "Cantigas", haciendo de aquel dialecto románico de los confines de la tierra (Finisterrae) una lengua real.
¿Le faltó al bable un Berceo, un Alfonso poeta y sabio? Eso que llaman llingua es un corderín esmirriau que están criando al biberón. En las alturas de la burocracia planean los alimoches al acecho de la presa. No hace falta ser animalista para reconocerles a esos pájaros su derecho natural a que se lleven algo al buche. No les falte, pues, pitanza a los dichosos bichos. Pero no se ceben con el bable. Creación versus burocracia. Libertad frente a subvención.
La oficialidad abre el paso a que cualquier talibán de la llingua monte el pollo en un Juzgado al exigir que el ordenanza no sólo le entienda sino que le atienda en bable. El reconocimiento de la llingua como mérito no añadiría un ápice a la calidad de los servicios; al contrario, supondría un deterioro al apartar de la función pública o relegar a puestos subalternos a profesionales competentes que la ignoren. En cambio, añadiría una carga muy gravosa al presupuesto. Si eso no es un disparate, ¿no se le parece bastante?
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