Perversiones lingüísticas
Encabezaba recientemente Román García Fernández un artículo (“La Asturias real y su lengua”, 10.05.2018, LNE) refiriéndose al ascenso del nazismo con esta pregunta: “¿Qué pudo pasar en esa sociedad (la alemana) para no ver que Hitler era bajo, moreno y no tenía los ojos azules?”. Aquel que se haya tomado la molestia de leer una biografía del dictador austriaco recordará que Hitler medía un metro setenta y cinco, tenía pelo castaño y ojos knallblauen, es decir, de un azul intenso. Con todo, este alarde de conocimiento histórico es posiblemente lo único medianamente razonable en dicho artículo. De matute, el filósofo pacifista pretende introducir como axioma un artículo de fe, muy de boga en la ultraderecha española, que equipara la defensa de la lengua asturiana con el nazismo. Nada importa que la tipología clásica de los fascismos europeos (supremacía del Estado, racismo, expansión imperialista) concuerde con la de los llamados estados nacionales, o que el nazismo tuviera por meta la uniformidad lingüística y el aniquilamiento de las minorías étnicas, raciales, religiosas y sexuales, siempre aparecerá un iluminado (a veces perteneciente a una o varias de esas minorías, por ejemplo Otto Rahn: judío, homosexual, pacifista... y miembro de las SS) para decir lo contrario, que el pez chico se come al grande, y acusar a una minoría de querer destruir a traición a la gran mayoría. Es ahora el argumento que ha adoptado el clasismo castizo más rancio y el cuñadismo que lo desplaza; pero no es nada nuevo, fue el motor ideológico del nacionalismo alemán en su cruzada antidemocrática y antisemita: la Dolchstoßlegende o leyenda de la puñalada por la espalda según la cual la izquierda y los judíos habrían debilitado las posibilidades bélicas de Alemania en la retaguardia durante la Gran Guerra. Ser judío o ser demócrata equivalía a ser un traidor a la patria. Román García se une a los que reavivan aquí la falacia voluntarista: los hablantes defensores del asturiano remedan a nazis que se creen “superiores”. La fatuidad del silogismo, otorgando una categoría moral a todo un sector de la ciudadanía en virtud de sus usos lingüísticos, provocaría la risa si no fuera por la gravedad, y obscena tergiversación (enredándose en un bucle de perversión revisionista: los nazis que criminalizaban a las minorías son ahora las propias minorías), de atribuir una ideológica criminal basada en prejuicios raciales a un movimiento cívico transversal al que desde la misma tribuna se lo tilda un día de “izquierda radical” y al otro de “fascista”. Es un fenómeno que ha venido para quedarse, llámeselo perversión narcisista o posverdad: la criminalización de la víctima mediante bulos y mentiras. Para éste, el espíritu ciudadano que hace suyos los versos de Fernán Coronas: “Asturias ta n’ayén ya tatexandu, / diz cumu ayenas las palabras suas”, consciente de su debilidad histórica, ha de ser tachada de ideología racial supremacista.
Para muchos intelectuales alemanes uno de los crímenes centrales del nazismo se cometió contra el propio idioma adulterando los términos para subvertir los principios éticos: “No se habla de ataque, sino de defensa preventiva”, dice Gert Heidenreicht y explica refiriéndose al escritor Leonhard Frank: “Bastó el auge inaudito de la barbarie colectiva para echarlo de su país, cuyo idioma era su patria. La primera vez lo echaron de un Imperio en el que ya no se reconocía a ‘los partidos’, ya que ‘sólo había alemanes’ (¿les suena?); la segunda vez, huyó por los pelos de un Tercer Reich en el que ya no tenían validez las personas, sino sólo los arios. No pueden ser tan banales las palabras -¬¬concluye Heidenreicht citando las del propio Frank- cuando al autor de las mismas se le persigue de tal forma”.
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