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El vicio de fumar

1 de Junio del 2018 - José María Izquierdo Ruiz (Oviedo)

Sobre este vicio, sus peligros y la manera de dejarlo hay mucho escrito, pero el problema persiste. Por eso no está mal que, de vez en cuando, la prensa nos lo recuerde. Hay que coincidir, con lo leído recientemente, en que lo primero es tener voluntad de dejarlo, querer dejarlo, pero una cosa es voluntad y otra muy distinta, fuerza de voluntad, cualidad esta que no se regala, sino que sólo se adquiere con un esfuerzo continuado para crear un carácter fuerte y resolutivo a lo largo del tiempo.

Una persona débil de carácter no puede hacer el milagro de dejar de fumar por el mero hecho de desearlo, y desde luego lo que no se le puede pedir al fumador es que “se acostumbre a convivir con la necesidad de encender un cigarrillo, dejar que el sufrimiento le dé con toda su intensidad... y poco a poco irá controlando su voluntad...”.

La experiencia dice que aquí no caben paños calientes, que no suele funcionar el ir dejando el hábito poco a poco, reduciendo la dosis diaria de nicotina, o dejando de comprar tabaco, sólo para irlo pedigüeñando; también es mala cosa sufrir mucho en un largo proceso de deshabituación. No es sólo la falta de nicotina, sino también del sabor del humo en la boca, en la garganta, en el pulmón, el no disfrutar de las hermosas volutas y anillos de humo lanzados al aire. Ya lo dice la copla: “Fumar es un placer, genial, brutal...”. ¡Y letal! Más seguro, aunque tampoco fácil, es dejar el hábito de repente y ponerse a ello ya, y con tabaco a mano para que el “compañero devorador” no se sienta del todo abandonado.

Aparte de la voluntad firme y la fuerza de voluntad aludidas es imprescindible una motivación poderosa que contrarreste el malestar del mono, como es el conservar la salud y el bienestar que esto conlleva, y aún más si a esa satisfacción de la buena salud personal se une, o se antepone, el bienestar de otros. Conozco el caso de un amigo de Gijón que a los 40 años, con 22 de fumador y una bronquitis crónica incipiente, una noche de verano salió de casa con su mujer y al regresar encontró a sus cuatro hijos pequeños dormidos y despatarrados de calor pero felices, que habían puesto bajo los pieceros de sus camas cubos de playa, cubrecamas y todo lo que pillaron, a imitación de los libros que ponía su padre en la suya, por un trastorno pasajero del retorno venoso de las piernas. La emoción embargó a aquel amigo, que no quiso que sus hijos tuvieran un padre bronquítico a los 40 años, y desde entonces sólo da algunas caladas de los puros de bodas, para hacer aprecio del regalo, pero sin peligro alguno de recaída.

Las motivaciones son tan variadas como los casos particulares. En los últimos tiempos ha surgido un indeseable motivo para dejar de fumar, si el salario o la pensión no cubren gastos, hay quienes tienen que dejar de fumar para poder comer, y otros ni aún así.

José María Izquierdo Ruiz

Oviedo

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