La vergüenza de Europa
Hace pocos días, un conocido mío me envío desde Ecuador una noticia sobre las negociaciones de mediación que el expresidente del Gobierno de España José Luis Rodríguez estaba realizando en Venezuela entre el Gobierno de Nicolás Maduro y la oposición, para buscar una salida política al drama que vive y sufre este país. Titulaba el artículo: “La vergüenza de España” y descalificaba sin paliativos (insultos incluidos) la labor de Zapatero.
Conocí personalmente a José Luis R. Zapatero en el año 1990, siendo él secretario general del PSOE de León y diputado nacional, y yo, director provincial del Inserso de aquella provincia. Su carácter optimista lo tenía “atrapado” en su práctica política y fue lo que más me sorprendió de él. Con el tiempo acuñó para sí mismo el apelativo de “optimista antropológico”, talante que le ha acompañado para bien y para mal hasta hoy y que le ha llevado a meterse en un jardín lleno de espinas en Venezuela del que va a salir trasquilado porque el régimen chavista no va a ceder.
Pero una cosa es que un expresidente del Gobierno de España esté haciendo un “papelón” en Venezuela y otra muy distinta, llamar a esa intermediación “la vergüenza de España”.
La vergüenza de España es lo ocurrido estos días en este país con el Gobierno del PP. La sentencia del Tribunal Supremo del pasado día 24 de mayo fue demoledora para el Gobierno, para el Partido Popular y para su presidente, Mariano Rajoy. El PP y el Gobierno de Mariano Rajoy han sufrido un mazazo judicial sin precedentes en la historia de España, con la primera sentencia del “caso Gürtel” (quedan todavía siete piezas separadas por dictar sentencia). En esencia, la sentencia a través de sus 1.700 folios viene a decir que nos encontramos ante la trama de corrupción más profunda de la democracia española. Las condenas dictadas por la Audiencia Nacional contra 29 procesados fueron contundentes y suman 351 años de cárcel. El empresario Francisco Correa, cabecilla de la red, sentenciado a 51 años; Luis Bárcenas, extesorero y senador del PP, a 33. Los jueces ven probado además que el PP se financió con una caja B y que se benefició con la actividad de la trama que se montó precisamente para delinquir y, lo más grave para un gobernante, “el tribunal cuestiona la credibilidad del testimonio que Mariano Rajoy prestó durante el juicio en calidad de testigo”.
Ningún Gobierno de Europa habría tardado ni 24 horas en presentar su renuncia y en convocar nuevas elecciones generales ante una sentencia como ésta. El Gobierno español ha puesto contra la pared a la oposición, que se ha visto obligada a presentar una moción de censura por dignidad. Así lo han entendido todos los grupos parlamentarios incluidos los independentistas catalanes y vascos. Es la hora de la dignidad, de la decencia; lo contrario habría sido que el Parlamento, sede de la voluntad popular, avalara la corrupción, diera carta de naturaleza al cáncer que mina las democracias. Lo que se ha debatido estos días no tenía nada que ver con estrategias electorales (legítimas en otros momentos) ni tenía nada que ver con los números que permitiera el éxito de una moción de censura ya que lo que urgía era devolver la dignidad al pueblo español que con la sentencia de “Gürtel” nos había convertido, ahora sí, en la vergüenza de Europa. Lo decente (no digo lo “digno”, porque un Gobierno acusado de corrupción por sentencia judicial no se merece tal calificativo) habría sido la renuncia de Mariano Rajoy, lejos de ello han arremetido contra la oposición, la justicia, los jueces, el Parlamento...
Mariano Rajoy ya es un cadáver político, se marcha por la puerta de atrás, de la peor manera. No tuvo (ahora sí) ni la dignidad, ni la educación, ni el respeto al Parlamento para mantenerse en su escaño de presidente de Gobierno para escuchar las intervenciones de los grupos parlamentarios, una vez enterado de que los nacionalistas vascos no le darían su apoyo. Deja el país hecho unos zorros de corrupción a la espera de las sentencias que la justicia irá emitiendo en los próximos meses.
El nuevo Gobierno socialista lo tendrá muy difícil con tan sólo 84 diputados y prisionero de las exigencias de Podemos y de los independentistas. Será un Gobierno de transición hacia unas elecciones generales, pero el Parlamento ha recuperado la dignidad que el Partido Popular y Mariano Rajoy habían socavado. España podrá volver, con la cabeza alta, a tratar con las instituciones europeas gracias al Parlamento español.
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