Nuevos tiempos políticos se avecinan
Como se sabe, al no haber habido un giro de última hora, el socialista Pedro Sánchez ha sido elegido por el Congreso de los Diputados nuevo presidente del Gobierno. De esta manera, España ha entrado en una fase de alta inestabilidad política cuyas negativas consecuencias son imprevisibles. Más allá de sus buenas intenciones, el nuevo Gobierno contará con un soporte parlamentario asegurado de 85 diputados (los que suma el Grupo Socialista), algo insuficiente para gobernar un país como España, con una fragmentación política evidente y unos conflictos territoriales (muy especialmente en Cataluña) que envenenan nuestra vida nacional.
Para agravar más aún el problema, Pedro Sánchez llega al Ejecutivo asumiendo dos compromisos impuestos por el PNV para darle su apoyo en la moción de censura: respetar unos Presupuestos Generales del Estado que tan sólo hace escasos días eran demonizados por los socialistas y limitar su capacidad de convocar elecciones en el momento que considere oportuno, una herramienta fundamental en la labor presidencial, pero que un Ejecutivo socialdemócrata pretenda gobernar con unos PGE elaborados por formaciones de centroderecha roza ampliamente lo grotesco.
Sí, acaba de llegar al poder y la realidad ya le ha puesto a Sánchez ante el disparatado Frankenstein que ha formado, al que sólo le une su inquina hacia Rajoy y ese "cordón sanitario", de tufo antidemocrático, trazado ante los populares.
Apenas una semana después de que el Congreso aprobara los Presupuestos Generales del Estado serán esos mismos votos los que habrán certificado la salida de Mariano Rajoy. Sánchez ha protagonizado una espectacular resurrección política. En octubre de 2016 entregaba el acta de diputado tras la crisis interna del PSOE. Ahora Pedro Sánchez supo interpretar que la demoledora sentencia del "caso Gürtel" hacía inviable la continuidad de Rajoy. No le será fácil gobernar con 85 diputados, pero sí ha logrado ahora lo que le resultó imposible en el año 2016.
Parece que ni el mismo Rajoy entendió la gravedad del momento hasta que se encontró en el estrado, ya más como líder de la oposición que como presidente del Gobierno. Enrocado en su propia versión, displicente con el candidato y poco elegante cuando decidió no acudir a la sesión de la tarde, dibujó un escenario apocalíptico en todos los ámbitos, con Sánchez en la Moncloa. Instalado en el "y tú más", quitó hierro a la sentencia y reiteró que no veía motivo para dimitir. El líder popular ha pasado en una semana de verse con refuerzos para acabar la legislatura a ser destituido. No es aventurado pensar, no obstante, que los acontecimientos atropellaron a Mariano Rajoy.
Le guste o no a Pedro Sánchez ha llegado a la Moncloa gracias a los votos de los partidos independentistas que tienen entre sus objetivos destruir el Estado y finiquitar la soberanía nacional. En resumen, es prisionero de aquellos que se oponen a la misma idea de España. Por mucha cintura que tenga, por muy abierto que esté al diálogo -como dijo en el debate- Sánchez dependerá de partidos de los que le separan diferencias mucho mayores que las meramente políticas. En un corto espacio de tiempo podremos apreciar cómo esas diferencias se revelan insalvables (a no ser que Sánchez renuncie a sus principios constitucionales), lo que propiciaría aún más la inestabilidad.
Por tanto, habrá que hacer nuevo llamamiento a la responsabilidad de los principales partidos nacionales para intentar minimizar dicha inestabilidad y conseguir llegar a las próximas elecciones generales en las mejores condiciones posibles. Ciertamente, nos jugamos mucho en ello, sobre todo una recuperación económica que, aunque con evidentes sombras, está posibilitando el despegue del país tras varios años de crisis.
En cualquier caso, y para finalizar, ojalá esta nueva etapa de transición hasta las próximas elecciones destape un camino de distensión y de regreso a la política en el mejor sentido de la palabra.
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