Roth, el Nobel que no fue
El 25 de mayo Juan Gaitán publicó en LA NUEVA ESPAÑA el artículo “Los premios” sobre el escritor Philip Roth, de ascendencia judía y recién fallecido. ¡Es cierto!, con frecuencia los premios Nobel de Literatura se adjudican a quienes no los merecen, en detrimento de quienes lo merecen. El día siguiente al del texto de Juan Gaitán, Luis M. Alonso publicó, en el mismo diario, un excelente y –ante todo– bien escrito resumen sobre la vida y la obra de Roth.
Es evidente que Kafka y muchos otros de los citados por Juan Gaitán merecieron el Nobel y, evidentemente, también el canario Benito Pérez Galdós, a quien se le negó por razones de miopía política, siendo sustituido por el ya olvidado Echegaray. El consuelo es que Kafka y Galdós pasaron ya a la historia sin necesidad del Nobel. Caben dudas de que lo mereciera Juan Rulfo, pues no todos sus 17 cuentos de “El Llano en Llamas” son de igual mérito; si de temática invariable: violencia, rencor, miseria, polvo, muerte, desolación... ni su única novela, “Pedro Páramo”. Tampoco lo obtuvo su compatriota Horacio Quiroga, autor de numerosos y variados relatos de gran calidad literaria.
Sin embargo, no hay base sólida para contradecir al articulista en que Roth y su más famosa novela, “El lamento de Portnoy”, sean merecedores del Nobel, por su fondo y por su calidad literaria, pero al jurado no debió de gustarle tal novela por sus expresiones malsonantes, y quizá tampoco a una parte de sus correligionarios de Nueva York, pues el joven protagonista Alex Portnoy no parece interesado en cumplir el mandamiento de la Torah de reproducirse, y sólo de disfrutar de sexo a todas horas; sobre esto hay un capítulo titulado “Sacudiendo”. Algunas palabras y expresiones del texto están en judeo-alemán que dichas en cristiano significan, por ejemplo, mierda, orines, bésame las nalgas, y otras ordinarieces y procacidades de dudoso gusto; también por su ironía crítica con la “cultura burguesa y antisocial de la Diáspora” en EE UU. Es decir, tras un aparente distanciamiento de unos y de otros. Roth, mediante su personaje Alejandro Portnoy, hiere por igual tanto a los judíos (los yid) de New Jersey y de Manhattan, como a los gentiles (los goyim). “¡Cómo os odio por vuestras estrechas y cerriles mentes judías!”, dice el joven protagonista, o “¡Ese Sacro Imperio Protestante; puercos bastardos!”. Y lindezas por el estilo. Se comprende que el jurado de los Nobel de Literatura tuviera sus dudas sobre la concesión del premio a Roth.
Aún así, a la novela no se le puede negar que, a veces, tiene cierto humor, ingenio y sentido social. En las últimas líneas de la obra, un imaginario juez le dice a Alex: “Por lo que hiciste y por cómo lo hiciste, quedas justamente condenado a un pene flácido”. “Pero señor juez, yo sólo intentaba divertirme un poco; eso es todo” –se lamenta Portnoy–. “¡Es mucho peor lo que algunos hacen sufrir a un negro para conseguir una hipoteca bancaria sobre su hogar! ¡Y lo hacen sin pestañear!”.
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