La casta de Pablo
Pablo Iglesias, digamos más bien "Mosén Pablo".
Predicador infatigable en la defensa de los aparentemente menesterosos.
Emprendedor de la causa contra la casta.
Luchador incondicional contra los ricos y los de la clase alta.
Antisistema, comunista, marxista, radical, dictador y vengativo.
Amigo de los okupas y los de su calaña.
Y amigo de todas aquellas minorías "indefensas" que necesitaban del apoyo de un antisistema elocuente y efectivo.
¡Mosén Pablo! Mosén Pablo ha claudicado, sí, ha desertado, ha caído en la trampa deshonesta de la usura, de la avaricia, de la codicia y ha entrado triunfante y orgulloso por las puertas giratorias que odiaba.
Sus sermones implacables que estremecían emotivamente a sus incondicionales parroquianos, ya, una vez situado cómodamente junto a su amor en el hemiciclo, los ha suavizado. Ya, sí, ya, ha dejado su pisito de Vallecas, ha abandonado a los suyos, y se ha ido al rico calor de la castiza casta.
Muchos de los que él consideraba como casta no pueden permitirse el vivir en ese lujoso palacete. Considero que tan solo una clase muy privilegiada de España puede permitirse un tal privilegio.
Quiere esto decir que ha superado a la casta y ha creado una nueva casta, la que podríamos llamar supercasta o también la casta de los indeseables, de los presuntuosos, de los altivos, de aquellos que utilizan a los demás para conseguir sus deleznables objetivos.
Ha realizado su labor política embadurnada de mentiras, y ya ha llegado. Y ha llegado a dónde ha llegado a base de potenciar la rebeldía, incluso violenta, de los que nada tienen contra esa casta que formaban los poderosos a los que el ya, oíd señores, ya pertenece. Y esto en un tiempo récord.
Además, del populismo bolivariano y venezolano; del sincretismo dictatorial de Irán; del populismo autoritario y marxista que predicaba, ha pasado a las mansiones de un Galapagar elitista dónde solo pueden vivir los acaudalados, honrados unos y embaucadores otros.
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