Fugacidad
Estos días he sentido la fría y detestable cercanía de la muerte. Ha sido la de un ser querido, Ana Paula, qué en plenitud vivía la renovada juventud de los 60 años. Ante ese zarpazo de aparente desdicha, quisiera hacer una reflexión para no quedarme anclado en la melancolía, ni en la desesperanza, ni en la sinrazón, sino para avanzar por los caminos y por las veredas, austeras pero certeras, de Dios. De un Dios bondadosamente implacable e implacable bondadosamente.
A lo largo de los años: los acontecimientos, las experiencias que vivimos, los paisajes que contemplamos, las maravillas que descubrimos, la monumentalidad existente en tantos lugares, los estudios que realizamos nos hablan de muchísimas cosas relativas a nuestra existencia.
La vida exuberante de la naturaleza nos habla de la belleza inherente a las cosas que existen en nuestra tierra: una bella flor, el encantador anclaje de un jardín...; todo esto nos habla de vida, nos habla de Dios, nos habla de Creación. Todo nos habla de grandeza y hermosura, de sabiduría y talento, de trascendencia de infinitud; nos habla de una existencia sobreabundante e infinitamente rica en matices, detalles, minuciosidades.
Por otro lado, la persona aun con todos sus dones humanos y espirituales, con toda su sobreabundante sabiduría, con toda su vibrante vivacidad, nos habla también, contrastando con esas realidades, de poquedad, de fragilidad, de su indefensa condición, de su necesidad de tantas y tantas cosas. Y nos habla de fugacidad.
Junto a este cortejo de grandes e inmensos dones que cada día podemos contemplar o podemos experimentar, está nuestra palpable e inherente realidad: la fugacidad.
- Hoy somos y mañana, aquí, dejamos de ser.
- La caducidad nos acompaña a cada instante.
- El tiempo es breve, y antes de empezar ya estamos terminando.
Por lo tanto, este gran teatro que es el mundo desaparecerá.
Y hemos de afrontar, con mucho optimismo, que todo lo nuestro es infinitamente limitado, insignificante.
Tendremos que reflexionar más frecuentemente sobre el hecho de que la verdadera infinitud de nuestro existir viene tras el oscuro túnel de la tan temida muerte.
Aquí en este mundo no quedará ni grandeza, ni belleza, ni trascendencia, ni inmensidad. Todo vendrá después, tras el espejismo de esta corta, pero intensa, obra teatral.
Fugacidad, fugacidad y fugacidad.
La muerte, esa muerte, esa que no pregunta, está a la vuelta de la esquina, ella no tiene edad. Está:
- En el carrito del bebé, en la cama del adolescente, entre los libros del joven que estudia, en las arrugas del anciano...
La muerte llama sin avisar, y fugazmente, y tenemos que estar preparados para afrontar su perenne infinitud, su cósmica eternidad, su verdadera vida.
Y hay que coger la pértiga para que cuando haya que saltar de aquí a la eternidad estemos preparados, en plena forma. Y de esta manera dar el salto valientemente, dejándolo todo atrás.
Ya no cabe mirar para atrás, ello en sí mismo es un despropósito inaceptable; ya que: toda la inmensidad, toda la grandeza, toda la sabiduría, todo el amor, todo el cariño, toda la ternura, toda la delicadeza están no atrás, sino delante de nosotros.
Éste es el manjar exquisito de la nueva existencia, es el Edén Eterno, el Cielo, la Meta, la Vida, Dios.
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