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El mundo post-occidental

5 de Julio del 2018 - J. J. J. Suárez González (GIJON)

El ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov, pronunció hace unos días una frase lapidaria: "Ciertamente, tras cuatro o cinco siglos que duró la dominación del llamado Occidente Colectivo, no es tan fácil adaptarse a las nuevas realidades, a los nuevos centros de fuerza económicos, financieros y políticos", yo añadiría, porque Lavrov seguramente no quiso mentarlo, militares. La frase forma parte de un amplio discurso del ministro de Exteriores ruso que no tiene desperdicio, por la lucidez de las conclusiones y porque por estos lares no estamos acostumbrados a que nos digan algunas verdades.

Lo que hemos conocido durante siglos como Civilización Occidental, una civilización que junto a los crímenes y los excesos del colonialismo y del imperialismo también expandió su cultura, su religión y sus valores por el mundo, agoniza. Aquella civilización deslumbraba, como deslumbró a Pedro el Grande, que se empeñó en afrancesar Rusia. Pero lo que verdaderamente ha hecho que Occidente haya sido hegemónico en el mundo durante siglos ha sido su poderío económico, cuyo liderazgo iba pasando de unas naciones a otras, de unos imperios a otros. Pero todo empezó a cambiar tras la Segunda Guerra Mundial y en eso, a la postre hay que reconocerlo, tuvo mucho que ver la aparición en escena de la URSS, que no sólo convirtió a una gran parte del Este en una gran potencia, permitió que muchos países se libraran de los yugos imperialistas francés, británico, portugués o de los EE UU. Inmensas naciones como China o India, las más pobladas del mundo, que habían quedado ancladas en la Edad Media y no pintaban nada, empezaron a emerger con fuerza y en Indochina y otras partes del Extremo Oriente también emergían otros pueblos y otros estados, como Vietnam, tras guerras terribles y convulsiones políticas tremendas. Tras la Segunda Guerra Mundial también cambió la hegemonía imperial de Occidente, que paso de estar en manos británicas a ser exclusiva de los EE UU. Pero ya se había iniciado un proceso imparable hacia el ocaso. Cuando acabó la Segunda Guerra Mundial nada menos que el 75% del Producto Mundial Bruto (PMB) pertenecía sólo a los EE UU, en los años 70 del pasado siglo los EE UU seguían teniendo el 50% del PMB, a mediados de los años 90 había descendido hasta el 25% y hoy está alrededor del 19%. Aunque los EE UU han sido, ya les queda poco, la principal potencia económica del mundo, era, sin embargo, Europa la que seguía guardando el bote de las esencias, de la hegemonía político-cultural de Occidente. La creación de la Unión Europea afianzó todavía más ese liderazgo. "La Unión Europea intenta evitar el modo de sentirse perdida en este nuevo orden mundial", ha sido otra de las frases lapidarias de Lavrov.

China será el año que viene la primera potencia económica mundial y en 2022 la primera potencia militar. Y China sólo es una pieza, aunque la más importante, de la nueva "Alianza Continental", un ente tácito, y en ocasiones explícito, que está dibujando un nuevo mundo multipolar donde el liderazgo va a estar muy repartido. Mientras esto está sucediendo delante de nuestras narices, Europa está dejando de ser referencia cultural de Occidente. El fenómeno de la inmigración masiva, con la llegada de costumbres y tradiciones que nada tienen que ver con las europeas y presionando a peores condiciones económicas y laborales a los trabajadores europeos, está propiciando el ascenso de movimientos ultraderechistas y neonazis y está cambiando muy rápidamente el panorama político de los países y de las instituciones europeas, hasta la propia supervivencia de la UE está ya en peligro. El mundo post-occidental está llegando para quedarse, no sabemos durante cuántos siglos.

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