No debemos callar
No puedo con los llantos de críos encerrados en jaulas. Me parece denigrante que se utilice a las familias y en particular a los niños de rehenes, como si fuese un capricho el marcharse de su tierra rodeada de miseria, narcotráfico y represión consentida.
No soporto las imágenes de niños ahogados en las playas, puñetazos que suelta el mar ante nuestra indiferencia. Mientras las balsas de la vergüenza cabalgan entre las olas dejando cientos de cadáveres, los gobiernos europeos deciden sobre el mapa dónde encerrarlos.
No dejo de pensar en los palestinos hacinados en Gaza, condenados por el poder omnipresente y el resto ausente de la ONU. Justificar las matanzas que se perpetran en la frontera con un poderío militar inmenso contra piedras y petardos parece pero no lo es un chiste de Gila.
No quiero olvidarme de los miles de olvidados del desierto, viviendo en condiciones límite, mientras nos fuimos pitando del Sahara dejándoles en manos de los intereses económicos de su vecino marroquí. Es un ejemplo rotundo de la lucha de un pueblo por su independencia, con muchísimos más motivos que los que la piden dentro de nuestro territorio.
No puedo pasar por alto los millones de euros que vendemos en armas a países que las utilizan para masacrar a pueblos indefensos, como por ejemplo Yemen. Nuestros puestos de trabajo no deben servir para matar seres humanos cuyo pecado es ser más pobres y querer ser más libres.
No debemos callar ante políticos como el italiano Salvini, que llama carne humana a los inmigrantes escapados del horror, mientras la mayoría de líderes europeos le apoya o mira para otra orilla. Esta no es la Europa de los pueblos sino la de los mercaderes, no es la de los trabajadores sino la del capital financiero, no es la de la paz sino de las industrias de armamento, no tiene fronteras para pasar los ricos pero sí muros para impedir el acceso a los necesitados.
No nos dejemos cegar por los discursos patrióticos que olvidan que un día fuimos emigrantes y aún lo somos, que este planeta no es cortijo de nadie, que lo que se produce en bienes y alimentos pertenece a todos los habitantes por igual sin distinción de razas ni credos, que las fronteras son líneas trazadas por la avaricia de los poderosos, que el derecho a la libertad y a la felicidad es universal sin tener que pagar ningún peaje por ello.
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