Pingvellier

9 de Julio del 2018 - Marcelo Noboa Fiallo (Gijon)

Desde hace algún tiempo tenía muchas ganas de conocer Islandia, no sólo por sus paisajes de indudable belleza, sino también porque quería convivir, aunque sea por unos pocos días, con los protagonistas que supieron salir de la última crisis sin empobrecer al país. Sus ciudadanos dieron una lección de democracia, civismo y ética al mundo, castigando y acabando con la corrupción, pero no con esa corrupción con la que nos hemos acostumbrado a convivir en los países del sur de Europa y América Latina, esa corrupción zafia, vulgar, cutre, de amiguetes, del tres por ciento, "del juego de pijamas" o de bodas en El Escorial; me refiero a la gran corrupción, a la corrupción global, a la corrupción del capitalismo financiero, nacida en los Estados Unidos y que tan magistralmente la describió Curtis Hanson en la película "Margin Call" (2011), cuyo símbolo fue Lehman Brothers y de cuyo desenlace se cumplen estos días 10 años.

Islandia ha sido el único país del mundo en "cortar por lo sano" al descubrirse la implicación de banqueros y Gobierno en el hundimiento económico del país. Las manifestaciones populares consiguieron tumbar al Gobierno, meter en la cárcel a los responsables y redactar una nueva Constitución con la participación de la sociedad civil.

El nuevo Gobierno surgido después de las protestas ciudadanas se negó a rescatar con dinero público a los tres grandes bancos en quiebra, a diferencia de lo que se hizo en otros países de Europa como España. Se dejó caer a la banca y no cayeron sobre Islandia "las siete plagas del Apocalipsis" con las que se nos amenazaba al resto de mortales en Europa o Estados Unidos. Los islandeses lo pasaron muy mal durante algunos años, pero hoy es un país decente y próspero que crece al 7 por ciento y su prioridad sigue siendo la educación, la sanidad y los servicios sociales. Sigue siendo el país cuyos habitantes son los más lectores del mundo.

Probablemente una de las claves del éxito económico, social y democrático de Islandia se encuentre en Pingvellier, sede del primer Parlamento del mundo, cuyos orígenes se remontan al año 930. El visitante no encontrará en este parque nacional, declarado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad desde 2004, ningún vetusto palacio asambleario sino un paraje natural de extraordinaria belleza, donde llegaban los representantes legales de todos los rincones de la isla, desde el siglo X, una vez al año, para escuchar la voz del legislador, aprobar nuevas leyes, dictar sentencias judiciales y formalizar eventos sociales como matrimonios y nuevas alianzas.

El Valle de Pingvellier es además la herida abierta por la que surgió de los océanos la actual Islandia. Es visible la dorsal Atlántica que separa las placas tectónicas de Norteamérica y Eurasia. Los dos grupos de fallas que demuestran la pequeñez del ser humano y que sus 320.000 habitantes, repartidos en su franja litoral, conviven con una luz inextinguible en verano e inexistente en invierno, como si las fuerzas ocultas de la naturaleza hubieran levantado el primer Parlamento del mundo para enseñar el camino a los hombres y mujeres en un lugar que Jorge Luis Borges describió con mucho acierto como "la isla secreta".

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