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Todo por los nietos

4 de Julio del 2018 - José Antonio Gutiérrez González (Piedras Blancas)

Llegan las vacaciones escolares de verano y, como todos los años, para muchos matrimonios resultan muy prolongadas, pues el cuidado de los niños sigue siendo un contratiempo mientras los padres no puedan disfrutarlas a la vez que sus hijos. Conciliar la vida laboral y la familiar cada día es más difícil y, por tanto, hay que buscar soluciones para resolver este problema en su justo término.

Una de las soluciones más usuales es echar mano de los abuelos, esas personas entrañables y desinteresadas que se han convertido en los todo terreno de la familia, pues lo mismo cuidan de sus nietos que van a comprar al súper y, su empeño, por encima de todo, es mantener viva la unidad del hogar. De toda la familia sin excepción.

Ciertamente, cada día el papel de los abuelos se ha hecho más complejo, pero, digámoslo muy alto, más importante desde el punto de vista educativo. Obviamente, los padres han de ser los primeros y principales responsables de la educación de sus hijos. No obstante, los diversos cambios sociales experimentados en el ámbito familiar han alterado los roles educacionales donde, sin ninguna duda, los abuelos acaban asumiendo un gran protagonismo.

Familias afortunadas son aquellas que pueden contar con la ayuda de los yayos. Desde siempre, estos disfrutaban de sus nietos y los sobreprotegían, pero sin responsabilidades en su enseñanza y desarrollo. Actualmente el papel de los abuelos ha cambiado, unos y otros ya nos se ven únicamente en visitas de cumplido. Se necesitan mutuamente y es una relación muy enriquecedora para ambas partes.

Una visión más reflexiva de la vida y una más dilatada experiencia hacen del abuelo una persona enormemente benefactora para el nieto. Le acompaña, le ayuda en los deberes escolares, juega con él y es desprendido en el tiempo y en la entrega. Todo ello en un profundo marco de cariño y comprensión, que ahora como nunca necesitan los niños. Al final, los abuelos terminan siendo sus confidentes, amigos diferenciados a los que los niños quieren como solamente ellos saben querer: sin farsas ni engaños.

Por su parte, el niño aprende a dialogar, a escuchar y a ser escuchado, a mantener viva la autoestima y otros valores que por desgracia están ausentes en muchos núcleos de familia, y que son determinantes en su desarrollo físico y mental.

A su vez -de justicia es reconocerlo- también los abuelos salen beneficiados de esa estrecha relación, pues estos siguen llevando un niño dentro y a través de los nietos lo redescubren y lo sacan al exterior sin ningún rubor. Porque, ¿puede haber un hecho más hermoso que un abuelo a cuatro patas con su nieto encima? Los psicólogos afirman que una buena relación hace que los niños estén más unidos a sus padres ya que gracias a los abuelos se enteran de cómo eran sus progenitores y lo que hacían de pequeños, es decir, que ellos fueron niños igualmente.

Pero también es justo manifestar, al propio tiempo, que los abuelos también sufren y de qué manera. En silencio, con humildad y con paciencia; sufren calladamente cuando se les utiliza de mala forma, cuando se les considera como una simple pieza de recambio. En una palabra, cuando no notan el cariño ni la debida consideración a que se han hecho acreedores.

Ante ello, y por muchísimas otras positivas razones, nunca dejemos de ser cariñosos y tiernos con los abuelos. Se lo merecen todo y, desde luego, todos los días.

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