De Inmaculada a Esperanza
De la "Llena de Gracia", que es como llamamos a la Santísima Virgen -en este día de la Inmaculada que hemos celebrado-, viene al mundo la mayor de las gracias: Jesucristo.
Es por lo que en estos días, en concreto el día 18, se celebra el día de la Esperanza, una semana justo antes del día en qué nacerá nuestro Señor Jesús.
La esperanza de María es la gran esperanza; esperanza de un mundo que anda ansioso a la espera de la llegada de ese Niño que cambiara el ritmo y el rumbo de la historia.
Hay muchos millones de personas que andan deseosos ante la cercanía de esta realidad prodigiosa: Dios se hace hombre. Sin embargo también es cierto que hay muchos que se enfrentan a esta realidad y la obstaculizan y la niegan.
Tanto nosotros como la Santísima Virgen estamos expectantes y esperanzados de qué de nuevo se haga realidad este prodigio del amor de Dios.
En Andalucía y en gran parte de España la Virgen de la Esperanza es uno de los grandes iconos de nuestra fe. María espera a Jesús, y Jesús desde entonces es el dueño de toda la esperanza en el mundo.
Fuera de María y Jesús todo es oscuridad, todo carece de sentido. La esperanza ya desde aquel día, día de un diciembre frío, se hace presente solo a través de ese humilde y pobre pesebre.
Desde ese día, María sería bienaventurada por todas las generaciones, sería la madre del tan anhelado sol de justicia, del Cristo qué nos redimiría a todos: mujeres y hombres.
Bendita espera la de María. Bendita espera la nuestra porqué sabemos que en Ella se concentra la realidad más sublime. Es por ello por lo que la Virgen de la Esperanza tiene tanto calado en la vida de los cristianos. Y es por ello por lo que la virtud de la esperanza se convierte en uno de los pilares de nuestras firmas creencias.
La esperanza junto con la fe y la caridad forman el fundamento de nuestras creencias. Nuestra vida es toda entera una espera en que la fe, firmemente anclada, se transforme -algún día- en caridad perfecta, en amor, en Dios.
Si nos olvidamos de esta grata realidad, vendrá a nuestra vida: la desesperanza, la desilusión, el desánimo.
Y si no nos olvidamos, como ya hemos dicho, vendrá Dios. Ese Dios sublime y excelso que colmará, toda nuestra vida, de la grandeza del más perfecto bien.
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