Despedida de un gran hombre
Hace cinco años dejé el instituto, después de pasar seis bajo su techo. En esos seis años pasaron muchas cosas, tanto buenas como malas, y conocí a mucha gente, tanto buena como mala. Todas estas cosas, toda esta gente, dejó su marca, más o menos profunda en cada caso. Pero puede que una de las personas que dejó una marca más profunda en mí fuese un profesor de Ética, Miguel Freire Sánchez.
Desde el primer día nos sorprendió a todos con su estilo desenfadado y cínico, en el mejor y más literal sentido de la palabra. Pero, aunque puede que para los demás fuese simplemente eso, un profesor con un estilo particular, para mí fue algo más. Me ayudó a ver cosas como nunca las había visto, o al menos no me había parado a verlas. Me sorprendió con anécdotas y detalles que teníamos en común y que nunca habría imaginado. Pero lo más importante, supo ver que estaba mal cuando nadie más lo había visto, supo acercárseme y supo ofrecerme su ayuda, sin que yo le pidiera nada. En definitiva, supo hacerme ver que estaba ahí si lo necesitaba, no solo como profesor de Ética, sino como soporte.
Desde que dejé el instituto no volví a saber de él, y cada vez que me reunía con antiguos compañeros, les preguntaba si sabían algo, siempre recibiendo una negativa. Hace unos meses, en la fiesta de despedida de otra antigua profesora, por fin un amigo supo decirme algo. Por lo visto estaba enfermo y se había tenido que prejubilar, pero hasta ahí sabía decirme. Hoy me enteré de su fallecimiento, y no os mentiré diciendo que la noticia solo me provocó un suspiro de lástima. En el momento me quedé frío, leyendo la noticia, redactada por un amigo, y viendo su foto, sonriente, pensando que era imposible que ese hombre, tan vital, se hubiese ido. Pero se fue.
Siempre lo recordaré entrando en clase con su chaqueta de cuero marrón, su pelo de punta y sus apuntes bajo el brazo. Pasando clases enteras sin contarnos nada de la materia del curso, pero enseñándonos más que en el resto de clases. Poniéndonos motes a todos, cada uno único e irrepetible. Contándonos sus batallitas por lo largo y ancho del mundo. Pero, sobre todo, tratándonos como personas y no solo como alumnos. Me hubiese gustado verlo una última vez, para poder darle las gracias por todo y recordar juntos algunas de aquellas clases, pero la vida se lo llevó demasiado pronto y aquí estoy, escribiéndole entre lágrimas este pequeño y triste homenaje. Has dejado huérfanos a muchos “toñitos”, Miguel.
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