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Cuando el hombre ya es ocaso

30 de Marzo del 2019 - Ricardo Luis Arias (Aller)

El tema que hoy vamos a tratar aquí ya lo hemos abordado en otra ocasión pero de una manera superficial, más bien anecdótica. Hoy lo vamos a hacer sin ambages ni rodeos, clara y llanamente y, si se me permite, hasta crudamente. El tema en cuestión, como el título lo indica ya, viene a ser el final de nuestro viaje humano en el tren de la vida, en el que todos vamos, irremediablemente, hacia la estación terminal de ese viaje, que no tiene retorno. La estación de partida es el día que nos traen a este mundo que, como dijera Shakespeare en su obra dramática "Hamlet", el mismo día que nacemos comenzamos a morir. Axiomático.

Sí, ese mismo día de nuestro alumbramiento iniciamos ya nuestro viaje hacia un final que, afortunadamente, desconocemos. Porque si de la misma manera que sabemos cuándo hemos nacido supiéramos también qué día sería el de nuestra muerte, supondría un sufrimiento y una preocupación constantes, casi un morir día a día, minuto a minuto, segundo a segundo. Y el viaje en el tren de la vida sería un continuo y desgarrador sufrimiento. Un verdadero infierno aquí ya. Pero como no es así, ese viaje resulta completamente distinto, agradable, entretenido, si lo sabemos llevar con la fuerza del optimismo (recomendamos el libro que lleva este título, del que es autor el doctor Rojas Marcos), capeando los fuertes temporales de la vida y lo más cómodo y hasta felizmente posible, que sí lo puede ser si además sabemos convivir y ser solidarios con los demás compañeros de viaje.

Pero lamentablemente no es así, sino todo lo contrario, porque somos insolidarios y no sabemos o no queremos convivir, relacionarnos con los demás que, nos agrade o no, son nuestros hermanos en la gran aventura de la vida, de nuestra andadura humana, que hacemos tan difícil y complicada. Muchas son las causas que nos lo impiden, como el egoísmo, la ambición, ese mal nacional que es la puñetera envidia, el creerse uno superior a los demás y, sobre todo, la putrefacta política carpetovetónica y sus ideologías que, en tantos casos, son llevadas a un lamentable extremismo y radicalidad. Por eso nos van tan mal las cosas en ese tren de la vida, en el que viajamos todos a contra pelo, ignorándonos unos a otros, con recelos o bien divididos y enfrentados. Somos unos pésimos y malos viajeros, con lo fácil y afortunado que es viajar unidos y hermanados hacia nuestro inexorable destino que termina al otro lado de la vida, que es la gran incógnita del hombre. Que se pregunta, ¿qué hay después de mi muerte? Bueno, el hombre primitivo, cuando la tierra estaba en su período de glaciación, cuando era un gran frigorífico de Norte a Sur y de Este a Oeste, adoraba al sol que le daba calor a sus gélidas y despelotadas carnes. Luego aparecieron los ídolos y los dioses por todos los continentes, porque el hombre desde que es hombre, intuitivamente, busca y cree en alguien superior a él que marque y oriente su camino en la humana andadura. Esto es propio de todo ser racional, raciocinio que no tiene color ni religiosidad algunas. El ateísmo no existe. Los que presumen o alardean de él en su interior hay siempre ese latido de un ser superior a él.

Muchas son las religiones que hay, algunas con un fanatismo que en nada les favorece. Cada una de ellas tiene su dios al que adoran y veneran, pero a nuestro entender, con un nombre u otro, no hay más que un Dios, cualesquiera que sea su creencia o religión. Y lo que aquí reconoce y valora no son los actos suntuosos y ostentosos, devorar cirios o darse golpes de pecho, sino la hombría de bien, la honradez, la sencillez, la humildad y el saber convivir y ser solidario con los demás, amando al prójimo por encima de tanta ingratitud, desprecio e incomprensión como abundan en nuestra sociedad. Esto es lo que valora al hombre, que tiene dos vidas: una, la humana, la que termina aquí, en un horno crematorio, o devorado por los gusanos, y la otra, la que ya no es de aquí y cada religión define a su manera. Respecto al hombre, éste lo interpreta según sean sus creencias religiosas, pero con la base de que hay un ser superior a él que rige y marca su destino en la andadura humana, que nosotros solemos hacer muy inhumana.

Sobre esta gran incógnita del hombre, que tanto le obsesiona y preocupa, recuerdo a la sazón lo que un día me dijera aquel gran paisano de Llanuces (Quirós) que fue Pepón el de Eusebio, uno de los mejores exponentes de la buena xente del medio rural asturiano. Fue allá por la seronda del año 1944, cuando Pepón, con su compadre Xumbo, vaqueriaban en el mayau de Veneros, en el Aramo. Uno venía de hacer todas las cumbres de esta cordillera, espina dorsal que divide los concejos de Quirós, Lena, Riosa, Morcín y Proaza, y allí, con tan buenos paisanos, encontré descanso y una muy grata compañía. La charla aquel día derivó sobre lo que pueda haber o no haber al otro lado de la vida. Que Pepón, tan genial él, mordaz y socarrón, se expresó así: “Pues verás, rapaz, yo nun sé qué pue haber allá arriba, más lexos de les estrelles, pero lo que sí sé ye que, cuando muerra, nun quisiera dir al mismu sitiu queel de la mio burra”. Y yo, tampoco.

Cuando el hombre ya es ocaso, cual es mi caso, su perspectiva de la vida es muy distinta, más objetiva y desapasionada. Y así vemos, cuando echamos una mirada atrás, nuestros errores y equivocaciones, lo bueno y positivo que no hicimos, en una palabra, lo equivocada que ha sido nuestra andadura humana. Y ello nos resulta demoledor y angustioso. Rienda suelta al remordimiento, que corroe nuestras entrañas. Por eso, a la altura de mi vida y con las experiencias que en ella he adquirido, aconsejo a nuestros jóvenes que viajen en el tren de la vida con honradez y dignidad, siempre solidarios con los demás, darse por entero a ellos, para no tener que arrepentirse mañana de nada en su ocaso, evitando así llegar a la estación terminal de nuestro viaje con las manos vacías.

Cada año que cumplimos es una estación más en nuestro viaje humano, y uno tiene rebasada ya la estación 99, con un final de viaje ya muy próximo, cosa que ni me aterra ni preocupa porque hay que familiarizarse con la señora del gadañu para que no nos sorprenda cuando venga a cobrarnos su tributo. Es más, uno tiene redactada su propia esquela, evitando así un doloroso trámite a su familia. Y respecto a la edad, no hay por qué ocultar o quitarse años, hay que presumir de tenerlos con alegría y la fuerza del optimismo. Vaya esto también para nuestros jóvenes, muchos de ellos a la deriva y sin futuro, que les ha sido hurtado, hasta ahora, por gobernantes y políticos que lo único que han hecho es mirarse su ombligo ideológico.

Concluimos esta reflexión deseando al estimado lector un buen ocaso, y que en su viaje en el tren de la vida pueda llegar, por lo menos, a esta estación 99 con salud, ilusión y alegría. Sí, un feliz y largo viaje a todos, amigos.

Ricardo Luis Arias

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