Cuando el hombre puede sentirse joven en su ancianidad
Esta titulación puede ser sorprendente y hasta considerada como ridícula, fuera de toda lógica. Pues no, amigos, y lo vamos a tratar de demostrar contando siempre con el buen entendimiento y mejor criterio del estimado lector. Y para ello vamos a retomar el hilo de nuestro anterior comentario o reflexión, que titulamos “Cuando el hombre ya es ocaso”, en ese tren de la vida que no tiene retorno, y en el que todos viajamos humanamente hacia la estación terminal que es nuestra muerte. Nada de terminologías suaves, descafeinadas, que traten de recordarnos cuál y cómo es ese fin de nuestro viaje que se llama muerte. Suena fatal, ya lo sé, tremebundo y escalofriante, pero es así la cosa, y así la hemos de tomar.
Ya hemos dicho aquí que tenemos que familiarizarnos con la muerte, pensar en ella, admitirla como compañera de viaje porque ella no es más que el final del mismo. Vida y muerte son compañeras inseparables en nuestro viaje humano. En realidad, la muerte no es más que una consecuencia de la vida, que ella misma se extingue como todo lo demás que es materia y caducidad en este mundo, que podía ser mejor, incluso el paraíso prometido, si los humanoides supiéramos o quisiéramos convivir y ser solidarios unos con otros, pueblos y gentes, obviando razas, colores, costumbres y religiones, en vez de guerrear, matar y destruir como viene ocurriendo desde la noche de los tiempos. Desde que el primitivo y despelotado humanoide agarró una estaca y comenzó a dar leña a su vecino. De aquella estaca hemos pasado hoy al misil balístico con carga nuclear, una de las muchas armas de destrucción masiva que pueden convertir nuestro mundo en una gran boñiga.
Trasladada a nuestra enferma sociedad esa falta de convivencia y solidaridad, no nos pueden ir peor las cosas a los carpetovetónicos, defraudados por unos gobernantes y unos políticos (salvo honrosas excepciones, contadas, que lamentamos no conocer) que han dado siempre preferencia a sus ideología e intereses de partido que de sacar a Celtiberia de la situación caótica que vive económica, social y política que están en tan lamentable estado. Lo estamos todos los “supervivientes” de una crisis que no se detectó a tiempo y está llevada a contrapelo, insolidariamente, a trancas y barrancas, por lo que no acabamos de salir de ella.
Y decimos que nuestra sociedad está enferma porque un cáncer corroe sus entrañas con una metástasis que se enraiza y extiende por todas sus partes, sobre todo en la parte política. Y ese cáncer se llama ambición, egoísmo, insolidaridad, afán desmedido de triunfo y medro (pisando cráneos, si es preciso) y una desbordante e inmensa corrupción que es nuestra vergüenza y desprestigio ante el mundo. Y todo porque el hombre, hoy, esos hombres convertidos en chorizos indigestos, carece de los más elementales valores éticos y morales, como son la honradez, integridad y la hombría de bien. Sus mentes están corrompidas, y por eso lo que generan es negativo, malo, pernicioso, no sólo para ellos sino para toda la sociedad. Y de ahí lo de la metástasis.
El cerebro humano, tan deshumano en tantos casos, lo que tiene que generar es todo lo contrario, y este empeño es cosa de cada uno de nosotros. Primero, la mente siempre en positivo, albergando en ella, en el cerebro, cuanto nos dignifique para que viajemos en el tren de la vida con honradez, integridad, solidaridad, convivencia y un sano deseo de darse a los demás compañeros de viaje con generosidad y hasta con sacrificio si fuera necesario o las circunstancias nos obligaran a ello. Esto, naturalmente, es algo que debemos de imponernos nosotros mismos, previa limpieza de nuestro cerebro y desalojo de todo cuanto pueda ser negativo. Para conseguirlo, que es tarea ardua y difícil, dificilísima, hay que comenzar por conocernos a nosotros mismos, luchar contra nosotros mismos, y con una gran persuasión y sacrificio conseguir que nuestro ego y cerebro vayan de la mano en ese viaje del tren de la vida, que así será hasta feliz en nuestra arribada a la estación terminal de nuestro viaje humano.
Que es la muerte, con la que tenemos que familiarizarnos, insisto, porque viaja con nosotros y, sobre todo, para que no nos sorprenda y pegue un buen susto cuando nos diga fin del viaje, colega, y ahora billete para el de la otra vida, que no tiene estación terminal. Así está montada la bolera humana, amigos, y así hemos de asumirlo sin dramatismo alguno. Porque, en realidad, la muerte no existe, lo que sí existe es un desdoblamiento de nuestra vida, un cambio, una transición a otra que ya no es de aquí. Por eso, si esto lo admitimos y consideramos así, filosóficamente, podemos conseguir antes, en nuestro viaje, un ocaso bueno y positivo o, lo que viene a ser igual, una ancianidad joven y alegre, con la ilusión de seguir estando aquí, de continuar sintiéndose útil y necesario a los demás. Hemos de considerar también que la que no es materia, que no es de aquí, el alma, no envejece ni muere nunca, se mantiene joven siempre sobre el tiempo, que para ella no existe. Y esa juventud interna, que desaloja a la ancianidad externa, en el hombre y la mujer, hace que su cerebro (que es el motor que mueve y dirige la vida humana) consiga que esa juventud espiritual abandone su encierro y salga al exterior y se convierta en una sonrisa, gestos y miradas alegres, ilusión y esperanza, con deseos de seguir estando aquí. En una palabra, en una persona de nuevo joven con un largo y feliz ocaso. Sí, la ancianidad puede ser convertida en juventud. Todo depende de nosotros mismos, y que el optimismo sea siempre el carburante que mueva ese motor que es el cerebro.
En un próximo capítulo trataremos de explicar cómo se puede combatir la soledad cuando el hombre o la mujer, en el ocaso ya de su vida, pierde al ser querido y esa soledad le obliga, con dolor y desgarro, a continuar el viaje humano en ese tren que nos lleva a nuestro destino final. Sí, lector amigo, la soledad puede ser vencida, orillada, apartada, que no convierta nuestro ocaso en un triste y doloroso caminar por las sendas de la vida. Sí, amigos, todo depende de nosotros mismos.
Ricardo Luis Arias
Aller
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