Cuando el hombre es soledad
Hemos de aclarar, ante todo, que cuando decimos hombre queremos decir también mujer, él y ella o, mejor dicho, ellas y ellos, porque ambos comparten la gran aventura de vivir y, como consecuencia, juntos viajan en ese tren en el que todos los humanos, de una manera u otra, vamos hacia nuestra estación terminal de nuestra existencia. Nuestra vida está prevista y trazada, por razones de sexo y continuidad de la especie humana, para que el viaje en el tren de la vida lo hagan, ella y él, en pareja, unidos por ese sublime sentimiento que es el amor, que debiera de unir a pueblos y gentes para que este mundo fuera mejor y más habitable.
Y en ese viaje sin retorno, cuando la mujer y el hombre lo hacen unidos por el vínculo del matrimonio, forman eso que se llama familia, que es base y soporte de la sociedad, sus cimientos sociales. Que fallan, como estamos viendo en tantos casos, cuando falla la familia. Que muchas veces, hoy, se rompe, se deshace, por una tontería, por cualquier nimiedad, demostrativo de que el matrimonio no tenía esa atadura que es el amor, el verdadero amor, el que sabe de entregas, renuncias y sacrificios. El saber hacer frente a los problemas y contrariedades de la vida, tan frecuentes y a veces de una extrema gravedad e importancia. Que superados y vencidos son los que unen y dan felicidad a la pareja. A su estabilidad y permanencia, a una ejemplaridad en su viaje en el tren de la vida.
Esas uniones o matrimonios sí son fieles a eso de que “hasta que la muerte nos separe”, que a muchos irresponsables contrayentes les suena hoy a chufla y chascarrillo. Por eso, cuando la muerte es la que separa a un hombre y a una mujer que han tenido un largo y feliz viaje matrimonial, la pena y el dolor destrozan por completo al que sigue en el tren de la vida, él o ella, que queda sumido, hundido, en esa dolorosa sima que es la soledad. Esto bien lo saben los que la están sufriendo y padeciendo, en un hogar vacío, sin ella o sin él, con el alma y el corazón destrozados, perdidos en esa soledad que es desgarradora.
A esas destrozadas personas nos dirigimos ahora para echarles una cuerda y tratar de sacarlas de esa sima dolorosa y que hagan un esfuerzo sobrehumano para conseguir vencer a esa soledad y poder lograr el volver a la normalidad de la vida cotidiana. Para ello hay que comenzar por evitar que la tristeza y el dolor destrocen a uno, cosa que debemos de imponer a nuestro cerebro, que es el que genera todos nuestros sentimientos, positivos o negativos. Y conseguir que el recuerdo del ser querido ausente vaya diluyendo su dolor, poco a poco, hasta conseguir que llegue a ser grato y hasta feliz ese recuerdo. Y para ello hay que pensar que el ser amado no se va nunca, sigue aquí, a nuestro lado, en la otra vida nuestra espiritual, porque la vida que se va es la material, la humana, la que es de aquí. Como consecuencia, las almas de él y la de ella, siguen unidas, formando una sola. El recuerdo, siempre vivo y entrañable, hace el resto.
Esto, ante todo. Luego, lo que no se puede hacer es encerrarse en casa, enclaustrarse, no querer ver a nadie, lo que seguirá hundiendo a uno en la sima de la soledad. No, la vida, inexorablemente, sigue para todos, es una corriente humana que hay que seguir también inexorablemente. Por lo tanto, hay que salir de casa, volver a la vida cotidiana, relacionarse con los demás, como antes, como siempre, sin pensar que se ha olvidado al ser querido ausente. No, porque sigue con uno, en esa otra vida nuestra espiritual.
Esa soledad, que es desgarradora, a quien más afecta y la sufre es la mujer, por eso los familiares y las verdaderas amistades, en estos casos, deben de volcarse, ayudar y acompañar a la mujer que ha perdido a su marido. Que en aquellos casos en los que ambos han compartido toda una vida, feliz y unida, el dolor y la tristeza, la angustia, son mayores y más acuciantes. Perder al ser querido cuando se está en el ocaso de la vida, en su último tren, tiene que ser dolorosísimo y desgarrador. La soledad, impuesta por el tránsito a la otra vida, es hoy muy frecuente y lo que más temen las personas mayores, sobre todo si han sido confinadas a una residencia geriátrica. Sí, en ellas pueden estar bien tratadas y atendidas pero la soledad sigue como un cáncer que hace muy triste y doloroso el final del viaje en el tren de la vida.
Además de cuanto acabamos de exponer o reflexionar, hay otros medios o recursos muy importantes para combatir y hacer frente a la soledad, como lo son, por ejemplo, la mascota que es la mejor y más fiel compañía, sobre todo si se trata de un perro, que es el mejor amigo del hombre, sobre todo en su soledad. Porque al perro sólo le falta que hablar, es la compañía que necesita la persona que vive la soledad, sobre todo si se trata de una mujer, es asombroso. Sí, una mascota, la que sea, es obligado tenerla con uno y en el hogar para paliar e ir difuminando la soledad. Que tiene otro gran remedio, el mejor, como lo es el Hogar del Pensionista, en el que la soledad se diluye, pierde su agresividad dolorosa porque ellos y ellas se relacionan, confraternizan, conversan, recuerdan tiempos y trabajos, cuanto constituye el bagaje de sus vidas, que ya son ocaso, un ocaso honrado, digno y ejemplar. Imprescindible y necesario contra la soledad, la mascota y el Hogar del Pensionista, que tiene además toda clase de actividades recreativas y culturales, que confraternizan y unen a los que un día, ellas y ellos, dejaron en el trabajo lo mejor de sus vidas. Hoy, ocaso en el tren de la vida.
He aquí, amigo lector, cómo se puede llegar a vencer a la soledad, o por lo menos aparcarla, sin dejar por ello de recordar al ser querido ausente, más bien todo lo contrario, porque aunque no lo veamos, sigue a nuestro lado siempre dentro de nuestra propia vida. Necesario es también, importantísimo, contar con la fuerza del optimismo para que mantenga siempre en positivo nuestra mente, previo desalojo de ella de cuanto nos pueda ser negativo. Y obviando pasado y futuro, vivir el día a tope rodeado de esas pequeñas cosas de la vida que nos rodean y que son las mejores, con ilusión y aferrados a ese optimismo. Que, como antes hemos dicho, nos haga ver el sol los 365 días del año, aunque llueva, nieve o esté nublado.
Y concluimos con el vehemente deseo de que cuanto hemos expuesto aquí, pueda ayudar a alguien a salir de la sima de la soledad, continuando sin más traumas su viaje en el tren de la vida. Y para el estimado lector, salud y felicidad en su ocaso y en ese tren, con la mujer con la que ha compartido la gran aventura de vivir. Uno, que acaba de perder a la suya, que fue el gran amor de su vida, viaja ahora en ese tren hundido en la más dolorosa y desgarradora soledad.
Ricardo Luis Arias
Aller
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