Trocitos de dolce vita
En nuestra vida no podemos contentarnos con "trocitos de dolce vita"; con cosas efímeras, fugaces o malsanas, útiles solo para diversiones. No podemos contentarnos con eso, que no satisface plenamente: sea pecaminoso o no. Por el contrario, la verdadera alegría, la que procede de Dios: vibra en el momento de las tribulaciones, nos impulsa en el momento de las pruebas.
Buscar la seguridad, buscar el placer, son inquietudes que hay en todo ser humano; unas son buenas, pero otras son menos buenas. Las que no son buenas nos alejan del Dios de la alegría.
Y ahora un breve pero sustancioso relato bíblico que nos puede ilustrar sobre cuál ha de ser el camino de la alegría. Un camino que lógicamente tiene sus obstáculos, sus dificultades. Un camino en el que se exige la renuncia, la generosidad, el servicio, la entrega; pero que es a través de ellos a los que se llega a la meta, al encuentro del tesoro escondido, al Cielo, el premio de la eterna alegría.
Iba Jesús en camino cuando uno corrió a su encuentro ya ante él, le preguntó: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?»
Ya sabes los mandamientos: No mates, no robes....
El, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud.»
Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme.»
Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.
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