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La izquierda desubicada

28 de Marzo del 2019 - Jose Luis Peira (oviedo)

Me pregunto por los procesos mentales que llevan a seres humanos decentes a subordinar la realidad y la reflexión mediana a la ideología.

Hay mucha literatura al respecto, desde luego, y procedimientos experimentales muy contrastados y reconocidos, pero, por cotidiano, a uno no deja de pasmarle que, por ejemplo, gente con estudios y coeficiente intelectual tirando a alto, sea capaz de sumarse a sandeces impresentables.

Este desaliño intelectual se ha manifestado últimamente, como botón de muestra, en parte del espectro izquierdil con motivo de la salida de tono del presidente de Méjico, cuyo nombre, como intento con todo político, no me tomaré la molestia de aprender, sobre que España pida perdón y tal y tal. Antes que nada debo avanzar que, para mí, ser español, emocionalmente, no me sirve más que para identificarme con un equipo en los mundiales, nada más, lo demás es pura administración, así que de patriotismo y esas cosas voy corto que te mueres, pero una cosa son las emociones, muy personales, y otra bien distinta el conocimiento, esa cosa que está al alcance de cualquiera que se tome la molestia.

Me irrita que buena parte de la izquierda haya asumido un discursito facilón, gazmoño, de oenegé de andar por casa, en cuestiones como esto de las américas. Excuso apelar a datos históricos, bastante se estará aportando en estos días al respecto, sólo decir que ahí están, al alcance de cualquiera que tenga a bien desasnarse para no ir haciendo el ridículo con gilipuerteces. Cuesta imaginar un mundo en el que todas las sociedades anduvieran pidiendo perdón y perdona por aquello que hicieron sus antepasados, en todo tiempo y lugar. Quizás algunos crean que eso del abuso del fuerte sobre el débil es cosa de reaccionarios derechistas caucásicos y cristianos; pues no, mis queridos mediocres, la vida real, calamitosa ella, arroja un saldo asqueroso de abusos sin fin desde Atapuerca hasta la fecha, sin distinción, eso sí, de razas, creencias o tecnologías, que para hijos de su madre, la especie humana y humano no tiene límites. Ni límitas.

Transitamos una era en la que los sentimientos y las emociones pesan más que la verdad; la Ciencia, la Historia, se van poniendo en entredicho por rediseñadores que la acomodan a su estrechez de miras. Aviso a navegadores, este enunciado reza para todas las tendencias pensatrices; véase a esos cantamañanas que ahora reescriben la historia y reciben la caricia en el lomo de la ultraderecha montaraz.

Pero volvamos a la conquista, esa salvajada de atropellos y violaciones, de saqueos, ese afinar la puntería con indiecitos despavoridos. Nada que ver con la conquista de... pongamos Roma a Iberia o Galia, Britannia quizás, que llegaron repartiendo chicles y piruletas, por eso las tribus les regalaban el oro, los caballos y las vírgenes alegres y sonrientes como en un anuncio de caja de ahorros.

Creo que es Theo Dalrymple en su libro sobre el sentimentalismo tóxico quien afirma, y hago mío el juicio; "que protestar contra algo que sucedió hace quinientos años es obtener un poco de publicidad para una causa del siglo XXI, y nada más; los sufrimientos de esa conquista, y de cualquiera otra, son irreversibles y no podrán cancelarse de manera retrospectiva." Algunos próceres de esa triste izquierda, empeñada en batallas menores y hasta ridículas, parecen buscar a toda prisa en la Megapedia algún suceso que aparente paralelismo y parezca encajar en su argumentario a fin simular lo que no son; doctos. En ese mismo libro, Dalrymple, con acertada agudeza señala que "el tráfico de esclavos no podría haberse llevado a cabo sin una colaboración entusiasta de los propios africanos... los blancos procedían de una cultura material y tecnológica más sofisticada, pero no había una gran diferencia moral" así es; el ser humano, blanco, negro o verde, tiene unas tendencias bastante poco honestas a nada que le dejas, y ser un mediocre atrapado por la ideología no mejora las cosas. Es lo que hay.

Se puede y debe pedir perdón, claro, cuando el espacio generacional entre un acontecimiento y hoy mismo no sea inabarcable. El pasado es un país extranjero, molaría que muchos lo entendieran de una maldita y puñetera vez para dejar de perder el tiempo en dirimir disputas y posicionamientos actuales con acontecimientos del pasado remoto. Tan remoto que, como en este caso, ni España ni Méjico existían ni tenían intención de hacerlo. Castilla, entonces, era tan cruel con su propia población como lo fue con sus territorios de conquista y los mexica no eran más que una teocracia que sometía a degollinas masivas a la peña mientras su aristocracia bebía chocolate. Puestos a reclamar, yo les exigiría a los gobiernos de ambos países que nos pidan perdón por aquellos tenebrosos años, y así seré tan ridículo y pequeño como esta izquierda de la que me desconecté a la fuerza y ese presidente de cuyo nombre no voy a acordarme. Qué agotamiento.

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