Venezuela, tan cerca, tan lejos
Venezuela es un gran país, con el doble de extensión que España, y poblado por unos 30 millones de habitantes. Un país que, cansado de años de corrupción de las clases dominantes, votó hace ya 20 años a un líder populista, Hugo Chávez, creyendo en sus promesas de defender los intereses de la gente por encima de todo. Desgraciadamente, el chavismo no sólo no erradicó la corrupción, sino que creó otra todavía mayor, esta vez en beneficio de sus propios dirigentes.
A ello hubo que añadir su enorme ineficacia a la hora de dirigir la economía, lo que acabó por hundir el país (ahora gobernado por su sucesor, Maduro), en la ruina absoluta en la que se encuentra actualmente. Hace ya cuatro años que los venezolanos han incrementado sus protestas contra esta situación, a lo que el gobierno de Maduro tan sólo ha respondido incrementando la represión contra manifestantes y líderes de la oposición. ¿En qué nos afecta a nosotros todo esto?, se puede preguntar más de uno. Pues, sobre todo, para aprender en cabeza ajena. En España tenemos también nuestro propio partido chavista (Podemos), cuyos líderes se formaron en Venezuela y fueron financiados por ese régimen para implantar sus redes en España. Es decir, que Podemos ha intentado y está intentando todavía (aunque ahora ya muy debilitado), por medio de Iglesias, Monedero y cía, presentarse como los garantes de la honestidad (capaces de acabar con la corrupción del PP), y como los líderes al servicio de la gente. Claro que todo eso es pura propaganda, y ya hemos empezado a ver la verdad: financiación ilegal, ansias de controlar los medios de comunicación y el CIS, enriquecimiento rápido (casoplón de Iglesias y pisazo de Echenique), etcétera. Así pues, por si alguien todavía lo ignora, votar a Podemos es votar que España se hunda en la ruina económica, la corrupción absoluta, y la represión más cruel. Y si eso pretende Podemos es lógico afirmar que quien se alía con ellos, el PSOE de Sánchez en primer lugar, es copartícipe de ese nefasto proyecto. Votar a Sánchez o Iglesias es, pues, apostar por la debacle de nuestra economía y la desaparición progresiva de nuestra democracia.
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