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Las duras verdades del barquero

3 de Abril del 2019 - Antonio Valle Suárez (CASTROPOL)

Ayer, en el diario paseo, los jubilados del grupo hablábamos de que "los años no pasan en balde". Parece ser que el origen de este dicho, mentado hace unos cuantos años, llegó hasta nosotros impulsado por la mano de Don Miguel de Cervantes, extraído durante su cautiverio de la experiencia de un personaje llamado Rodrigo. Y cierto es que no pasan en balde ya que, mal que nos pese, dejan sembrados efectos en nuestro planeta con rastros deplorables. Sin ir más lejos ayer por la tarde, cavando en mi pequeño huerto de jubilado -les contaba a mis colegas-, me encontré un año más con unos cuantos pequeños sombreros de plástico blanco. Rebobiné en mis recuerdos pasados y me paré en un día de un año de los llamados sesenta del pasado siglo. Me vi sentado a la mesa comiendo con mis padres. Allí mismo, como testigo en el centro de la mesa, una botella de vino común con un tapón de plástico con el que jugaba cuando se acaba el contenido de aquella botella. Era igualito a los que me encontré ayer en mi huerto. En aquellos años los niños, y también los mayores, empezábamos a ver asomar con agrado en nuestros hogares algún utensilio de plástico: cubos, palanganas, tapas de las botellas de vino, y poco más. Eran maravillosos y alegres, además de irrompibles. Pensando un poco más al tiempo que cavaba, pues la azada también ayuda a ilustrar y a recordar, deduje que habían llegado en su día vertidas a mi huerto, que entonces no era mío, procedente del vecino y hoy desaparecido bar "Chevalier". De vez en cuando asoman también algunas pilas y botellines de vermú que, lógicamente, voy retirando para que no me contaminen los tomates. He de decir que las cañas de huesos que me encontraba hace unos años en el huerto, de restos de los callos que cada domingo cocinaba Josefa, la dueña del bar, destinados a incentivar el consumo del morapio, hoy ya no me los encuentro. Supongo que serían biodegradables y, por tal condición, cerraron el círculo volviendo a la tierra sin contaminarla. Al tiempo que sigo dándole a la azada, mi cabeza no para de pensar: Hay que ver lo que aumentaron los plásticos desde aquellos tiempos de la botella de aquel vino peleón. Prácticamente no hay producto, comestible o no, que no venga envuelto entre plásticos.

Cuando vamos de compras, al pasar por la caja del súper, ¡oh controversias de la vida!, las bolsas también de plástico que hasta hace bien poco nos regalaban para llevarnos las viandas, ahora nos las cobran y, supongo, también a las marcas comerciales que, avariciosamente, se anuncian en ellas. Alegan que las cobran aplicando la ley para penalizar el uso del plástico. Por eso, algunos ya nos venden bolsas de papel reciclable, alegando colaborar en la limpieza del Planeta, pero nos las siguen llenando con los productos que compramos cubiertos de plásticos y sus derivados. Seguimos igual que antes, con la diferencia de que ahora compramos sepulcros blanqueados.

Como fruto de lo expuesto, nos dicen que en España se venden cada día 50.000.000 de envases de plástico y, de ellos, 30.000.000 no se reciclan. ¿A dónde van a parar esos millones de envases de plástico? Europa Pres, el 8 de junio de 2018, nos dice: "España es el segundo país que más plástico vierte al mediterráneo, según advierte WWF". "National geographic" nos dice: "...descubren un envoltorio de un paquete de tabaco en el interior de una medusa de mar. Hayan muerto a un joven ballenato con 40 kilos de plástico que atascaron su estómago. Esos plásticos representaban un 8% de su peso corporal. La misma fuente nos dice que 100.000 mamíferos marinos mueren cada año por culpa del plástico, bien ingiriéndolo o muriendo presos en él". La O.C.U., en un análisis de 102 alimentos de origen marino, nos dice que descubrieron presencia de microplásticos en el 69% de ellos. Como consecuencia, parece ser, hallan microplásticos en heces humanas. Y así cada día más y más toneladas de maleable arrojadas al hasta ahora nuestro incombustible planeta Tierra. Llegando a los mares cada año más de 10.000.000 de Tm., según informes competentes. Esos años que no pasaron en balde, nos hacen ver que dónde quiera que estemos buscando plásticos los encontraremos, tanto en la tierra como en el mar, en el aire y hasta en la sopa.

Nuestro pesado amigo jubilado, Bras, se pasó la hora del paseo callado sin meter baza, solo escuchándonos pero, al término del recorrido, ya reponiendo fuerzas sentados en uno de los pocos bancos públicos que tenemos en el pueblo, nos sentenció:

"¿Es que no hay forma de que se sustituyan toda esa inmundicia de plásticos destinados a vagar por el planeta cientos de años contaminándolo todo? ¿Es que no es posible ir sustituyéndolos por materiales biodegradables no perjudiciales para la vida? ¿Es que vamos a dejar tan vergonzosa herencia a nuestros hijos y nietos? ¿Es que no vamos a combatir en serio entre todos este problema de los plásticos, de la mano de los políticos que nos representan, de los medios de comunicación que nos informan y de las empresas que generan riqueza? Y también me pregunto: ¿Algún partido político lleva en su programa la firme promesa de intentar acabar con esta lacra de la contaminación, que amenaza con fagocitarnos?

Bueno, es lógico que los partidos en sus programas lleven pocas cosas serias y de provecho, sino más bien banales y para la ocasión y solo para poder conseguir sus objetivos. Da la impresión de que estos señores que, solo en campaña, visitan pueblos y aldeas olvidados y casi despoblados en busca de un puñado de escaños siembran promesas que estamos acostumbrados a no ver cumplidas. Parece que aplican los métodos de algunas aves (ver el interesante artículo de Luis María Arce, "Estrategias de seducción", en LA NUEVA ESPAÑA del pasado 31 de marzo) que, ahora en primavera, coincidiendo con los sufragios, lanzan sus prácticos reclamos en provecho propio para conseguir sus objetivos: el chochín común, ese diminuto pajarito que construye unas cuantas casas (digo, nidos) para ofrecer a su pareja que escoja la que más le guste. O como el Aguilucho pálido, que da de comer a su compañera en pleno vuelo. Pero no, no, que va, eso es trabajo. Parece que hacen más bien como el urogallo o el raitán, que usan con éxito el canto como arma de seducción. O aún peor, como el Ánade azulón, un pato que usa sus colores de guerra para atraer pareja y repeler competidores." Sin pestañear, seguimos escuchando a Bras que, después de una pausa, continúa:

"Esto parece que no tiene atisbos de arreglarse y no vaya a ser que el exponer las verdades del barquero a los que nos gobiernan, o aspiran a gobernarnos, nos pueda afectar negativamente. Aunque pensándolo bien, no debemos de tener miedo, pues somos nueve millones de pensionistas preparados para votar y podemos castigarlos ya que, una y otra vez, siempre nos hacen promesas que nunca cumplen. Estoy convencido que nos tienen por vulgares pardillos".

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