Un garrulo
Señora directora: A propósito de leer recientemente una noticia en su periódico sobre un tema, me vino a la mente un suceso lamentable que le ocurrió a mi mujer en el otoño pasado.
Por motivos de trabajo se tuvo que desplazar a León, y a la vuelta, como favor a una amiga, se paró en la localidad de Busdongo al objeto de comprar en el bar Casa Maragato un surtido de embutidos leoneses de la que esa amiga es consumidora ya que al parecer, dicho sitio tiene buena fama.
Al entrar solo había de clientela dos paisanos del lugar y un señor detrás de la barra que fue quien la atendió. Pues bien, dicho señor (según mi mujer, bajo, calvo y gordo, para no confundir a otro si lo hubiere) se dedicó todo el rato que estuvo cortando el embutido (que fue bastante, ya que lo cortaba con cuchillo y lentamente), a decirle lindezas del tipo “eres lo más guapo que pasó por aquí”, “¿rubia, no quieres un poquito más de cecina?”, “¿cómo es que no vienes más a menudo a alegrar este sitio, preciosa?” y estupideces similares.
Por no hacer un feo a su amiga, ya que se había comprometido con ella, mi mujer salió del trance aguantando como pudo, hasta que ya le llamó la atención y le instó a que terminase de una vez. Cosa que hizo el susodicho, que me imagino sería el dueño del negocio, aunque no lo puedo afirmar, claro está.
Con lo dicho, quiero expresar toda mi indignación y comprensión ante todas las mujeres que todavía hoy en día tienen que bregar con tantos y tantos garrulos como esta persona, que se creen con derecho a decir todo tipo de gracias e imbecilidades a una mujer faltándole el más mínimo respeto y consideración.
Sobra decir que en la vida pararemos en ese negocio y que sí lo haremos en cualquier otro de la zona, que tendrá tan buen embutido o mejor, e insto a cualquier persona de bien que se haya indignado con lo que acabo de reseñar, a hacer lo mismo. La estupidez de algunos merece el más absoluto rechazo y quizás con ello, consigamos el respeto que la mujer y cualquier persona merece.
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