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Notre Dame desolada

23 de Abril del 2019 - Carlos Muñiz Cueto (Gijón)

Notre Dame, con su desolación tras el incendio, nos avisa de algo. Quizá de que, tras ocho siglos de aguantar nuestras cuitas, aburrida, haya acabado quemándose.

Lo cierto es que, entre la época de su construcción y esta época, no ha habido grandes cambios en nuestra forma de ser. Por mucha tecnología de que dispongamos ahora con sus cambios prodigiosos.

Durante buena parte de su construcción fue regente de Francia Blanca de Castilla. Y, ya entonces, había conflictos con Inglaterra por aquella pequeña anomalía, según se mire, de que los reyes de Inglaterra eran súbditos de Francia: algo intolerable para sajones e isleños que tenían por reyes a los de la dinastía normanda. Una dinastía para la que el reino de Francia siempre fue cosa apetecible. Desde luego, no querían perder soberanía con el continente, y menos existiendo el problemático Paso de Calais por el que cualquiera pasaba. Vamos, igual que ahora.

Blanca de Castilla, aparte de nacida en Palencia e hija de Alfonso VIII, era por línea materna nieta de Leonor de Aquitania (la cual la había elegido expresamente para ser reina consorte de Francia, rechazando a su hermana Urraca). Una Leonor de Aquitania que nunca dejó de tomar históricas decisiones políticas para marcar el destino de la Historia. Por tanto, Blanca era sobrina de Ricardo Corazón de León y del malhadado Juan sin Tierra. Castilla tenía entonces ya bastante, con ocuparse de los Almohades al sur y de resolver los líos de familia con los reinos vecinos de Portugal, León, Navarra y Aragón. En esto siempre fue bien aconsejado por su esposa Leonor, madre de Blanca. También Luis VIII de Francia tenía líos en el Mediodía francés con todo su conjunto de acentos del Languedoc. Pero Francia fue atando bien todos los acentos y poniendo ella el acento final sin que a nadie se le ocurriese rechistar. Para colmo, mientras se construía Notre Dame, el hijo de Blanca, san Luis IX, se marcha a Oriente Próximo por aquello ineludible de las cruzadas. Dejándola a ella como constructora: no solo de la catedral de París, sino también de la otra Notre-Dame-la-Royale o Abadía de Maubuisson. Como se ve, ya entonces el Oriente Próximo era un foco de tensiones.

Por todo lo dicho, no parece que la Historia haya cambiado mucho de clima en estos ocho siglos. Esta tragedia de Notre Dame quiere decirnos que: ¡Ya está bien! Que nos toca tomar nota del aviso y hacer algo que no sea repetir conductas y tragedias. O también acabaremos desolados, tras un furioso incendio global, porque la cubierta de la catedral llamada Europa es inflamable, y las chispas no cesan de llegarle de todos lados. ¿Es acaso el curso de la Historia inamovible? No lo creo, pero la sociedad va lenta en innovación, y el nacionalismo rápido en su afán por abrasar todo anhelo de universalidad progresista que permanezca aún erguido.

Carlos Muñiz Cueto

Gijón

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