Aquí no hay quien viva
Entre el hartazgo producido por el procés diferenciador étnico de la discordia, el empacho de la interminable lista de procesos judiciales abiertos contra la depravación patrimonial y patriotera del neoliberalismo conservador en clave bipartita, el estrés preelectoral y las previsiblemente cansinas alianzas postelectorales, aquí no hay quien viva. Entre las guerras inciviles de la derechita cobarde, la derecha del IBEX35 y la derechota tradicionalista del 18 de julio, por un lado, y la izquierdita suicida y la izquierda quimérica, por otro, y todos contra todos en el deseo subjuntivo dañino, aquí no hay quien viva. Entre discursos desencadenantes de la angustia más lacerante que nos conducen hacia la autodestrucción, al suicidio colectivo, cual flautistas de Hamelín, aquí no hay quien viva. La recompensa vendrá más tarde, en otro mundo que tal vez sea mejor. Aquí, no hay quien viva.
Y lo peor es que quienes tienen la flauta cogida por los cataplines no son los mejores en su género, ni mucho menos; se trata de personajillos de la ilustración decadente venidos a más que desconocen el significado de la palabra prudencia. Alguien instala la carpa ante la ubicuidad del ojo plasmático y da comienzo la representación. Nada nuevo en el circo de las vanidades. Acróbatas, funambulistas, escapistas, ventrílocuos y prestidigitadores de la palabra, conducidos por el maestro de ceremonias más conspicuo, entretienen a la audiencia narcotizada durante una sesión de odios inducidos, prolongada hasta la saciedad indecente requerida por la recompensa de la autoridad publicitaria. Quien paga manda. Después, apagadas las candilejas, finalizado el espectáculo del postureo, cada cual a su casa y, finalmente, el dios electrónico del salón descansa impertérrito hasta un nuevo episodio de masoquismo social. La entrega final se hará el día 28 del mes en curso, llegada la hora bruja, donde el auditorio ya habrá firmado otro cheque en blanco por cuatro años de pasión inmovilista y preparación catecúmena para la confirmación del naufragio.
Entre medias, un ejército regular de periodistas, politólogos y profesionales de todo tipo adiestrados en la diversidad universal, venderán pedagogía liberal de distinto signo pero dentro del marco establecido por las fuerzas vivas. Llenarán el espacio informativo de notas irrelevantes sublimadas a categoría de ciencia y una vez más el gatopardismo elevará triunfante sus garras. Giuseppe Tomasi di Lampedusa, vivo y eterno. El veredicto final, sin esperanza de ánimo y bajo la influencia del desánimo general, es que aquí no hay quien viva.
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