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Prohibido morirse en primavera

25 de Abril del 2019 - José María Izquierdo Ruiz (Oviedo)

Al hilo del emotivo e interesante artículo de José María Casielles Aguadé “El arte de aprender a morir”, publicado el 1 de abril de 2019 en LA NUEVA ESPAÑA, hemos elegido un título romántico para encabezar unas líneas poco románticas. El articulista nos habla de la caducidad de todos los seres vivos, incluso la de árboles milenarios. Nos consuela saber que este serio asunto de la muerte hay que tomarlo a broma, enfocar la cosa con sentido del humor y desenfado. El artículo también nos ilustra sobre la longevidad media del ser humano en las distintas latitudes, y nos invita a llegar a los 95, pues a esa edad hay muy pocas defunciones.

Según el articulista, muchos clásicos griegos y latinos creían en la inmortalidad del alma, lo que les permitía afrontar el trance con entereza, pues si se ha de existir eternamente, la muerte será la puerta de entrada de una interminable felicidad. Otros sostienen precisamente lo contrario, que el creer que todo termina con la muerte es ventajoso para una muerte serena, sin miedo a los misterios de ultratumba.

Personalmente he vivido en mi juventud una época en que la existencia de otra vida era motivo de espanto porque algunos predicadores la referían a los terribles sufrimientos –penas de daño y de sentido– de un infierno tan eterno “que si se contara un año de eternidad por cada grano de arena de las playas y mares del mundo, cuando se hubieran contado todos la eternidad no habría ni empezado”. A este respecto algunas confesiones protestantes tenían mucha envidia a los católicos porque ellos al no disponer del sacramento de la penitencian vivían en la incertidumbre de si Dios les habría perdonado o no. También viene a colación mencionar el error que supone que, tanto a nivel del mas allá, como del más acá, se utilicen el premio y el castigo como directrices del bien obrar, en vez de una cultura ética ajena a tales motivaciones de baqueta o caramelo.

Otra visión del bien morir está en la mal llamada muerte digna, pues toda muerte lo es, incluso la causada por garrote vil (viles fueron quienes lo implantaron hace dos siglos en tiempos de “El Rey Deseado”); lo que diferencia unas de otras es el sufrimiento físico y psíquico que con frecuencia la acompañan y que no se alivia con bromas sino, en buena parte, con la ciencia y la actitud médicas. En muchas enfermedades se sabe con certeza que el final no está lejos, por lo que aparte de los auxilios espirituales para quienes los necesiten, lo que hace falta es que los facultativos a cargo tengan –además de competencia profesional– el sentido ético de ilustrar al paciente que lo desee del curso (cómo, dónde y cuándo), y de los tratamientos retardadores, paliativos o dormitivos, de cada caso particular. Que –a ser posible sin la comparsa de acompañantes– informen, conversen, acuerden con y miren al enfermo más que a la pantalla de un ordenador itinerante.

No es casual que se hable mucho de la muerte digna precisamente en campañas electorales, lo que distrae la atención de un tema capital de la acción política, como es la vida digna, la vida buena; respecto a la buena vida de muchos europarlamentarios, diputados, senadores, corregidores autonómicos, regionales y locales, hay poco que añadir a lo que ya se sabe.

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