Las cosas, claras
Cuando el presidente Azaña visita el frente de Madrid en noviembre del 37 lo recibe como anfitrión el general Miaja, jefe supremo de la defensa de la capital desde que el Gobierno de Largo Caballero la abandonara huyendo a Valencia en noviembre del 36. En su diario, Azaña deja translucir la simpatía que le inspira este militar atípico, a diferencia de otros dirigentes asturianos a los que más bien detesta. Por ejemplo, "Belarmino, enteramente sometido a la CNT".
En lo pintoresco del personaje insiste el texto "Miaja, un ovetense impasible", publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 25 de abril. Lo curioso es que el autor parece confundir dos edificios distintos y distantes cuando escribe que el primer destino de Miaja "fue el cuartel de Santa Clara (el Milán, hoy Facultad de Letras"). El convento de Santa Clara, fundado en el siglo XIII, fue víctima de la desamortización de Mendizábal; aunque la comunidad recuperó parte de sus propiedades al amparo del Concordato diez años después (1845), con la Gloriosa del 68 pasa definitivamente a manos del Estado: "Del convento ampuloso y plateresco de las Clarisas había hecho el Estado un edificio para toda clase de oficinas", escribe Clarín en "La Regenta".
Al filo ya del siglo XX, Martínez Vigil, el obispo amigo de Clarín (después de haber reñido con él a propósito de "La Regenta"), levanta en las praderas de Santullano el Seminario más moderno de Europa. El proyecto contó desde el principio con la hostilidad del cabildo, que intrigó en Roma so pretexto de que el edificio, situado entre las vías del ferrocarril (!), no se prestaba al recogimiento y al estudio. Lo que en realidad aborrecían los venerables canónigos era la caminata necesaria para acudir desde el centro a impartir clases en el nuevo Seminario.
Con motivo de la huelga insurreccional del 17, como solución de emergencia el Gobierno instaló tropa en un pabellón del Seminario (como Rajoy con el Piolín). La ocupación provisional se hizo permanente y, en el 21, el Gobierno se quedó con el Seminario por un precio irrisorio, del que tengo leído que no consta quién lo cobró ni qué destino se le dio (a lo mejor ni siquiera fue abonado). El Seminario volvió al vetusto caserón de Santo Domingo, que sería incendiado por los milicianos alzados en Octubre del 34, que allí mismo mataron a seis seminaristas sorprendidos en las inmediaciones.
Del cuartel de Santa Clara y del Milán (también llamado cuartel de Pelayo) salieron los guardias de asalto y los soldados que en el 34 impidieron que los golpistas se apoderaran por completo de la capital. En el 36, el Santa Clara y el Milán volvieron a ser los núcleos duros de la resistencia durante el asedio de Oviedo por los milicianos del Frente Popular (los mismos del 34, pero más y mejor armados y, esta vez, con el Gobierno detrás, no en frente).
Para reconvertir el viejo cuartel de Santa Clara en flamante sede de Hacienda (la nueva Inquisición), el arquitecto no encontró mejor idea que amputarle al edificio uno de sus cuatro cuerpos. Como si vas al dentista a que te arregle la boca y sales sin la mandíbula inferior. Santa Clara y el Seminario cuartel de Milán, dos capítulos en el "progreso" de Vetusta.
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