Conservad los pedestales, por si volvéis
Al comenzar la Primera Guerra Mundial, desde un punto de vista externo a los contendientes, no había grandes diferencias en cuanto a simpatías por unos u otros beligerantes, más allá de las personales de cada cual, como le debió de pasar a Blasco Ibáñez. Todas las naciones implicadas mandaron al matadero a una generación completa para dirimir asuntos rotundamente ajenos al pueblo mondo y lirondo. Aunque sólo en las vencedoras se pudo sacar pecho lleno de medallas y tal y tal.
Sin embargo, a medida que el conflicto avanzaba en su estancamiento y su rutina de matanzas fueron las potencias de la Entente las que supieron vender mejor su producto, o causa, mientras que los alemanes entraron en una espiral de antipatías que la ubicaron como la mala de la película. Objetivamente, no había de entrada diferencias entre los desalmados, incapaces y cobardes dirigentes de uno y otro bando. Una suerte de imperios caducos, injustos, racistas, clasistas, contaminados de manos muertas, realezas y carros de oro tirados por alazanes que se empeñaron en una degollina que trajo diez millones de muertos, treinta de heridos y la gripe española. Sin embargo fue el Imperio Alemán el que salió peor parado en cuanto a la propaganda, digamos que tuvo peores "coach".
Es importante ganar la guerra de la propaganda porque le da a uno autoridad moral, aunque se sea un patán de tomo y lomo. A partir de instilar la creencia de que uno es el bueno y el oponente lo peor de lo peor, se pueden colgar sin sonrojo variados sambenitos recurrentes. Al otro.
Hay que reconocer que desde hace lo menos setenta años, si no más, la derecha española ha sabido ganar esta batalla. Utiliza elementos bien simples, aunque quizás por ello muy eficaces. Por ejemplo tiende a catalogar todo lo malo como algo que viene del exterior; los rojos rusos, Venezuela, Castro, Corea, el separatismo... en fin. De esa manera liga de inmediato al oponente con algo extranjero y, en consecuencia, no español. Además ha sabido mantener como propios los símbolos tradicionales como la bandera, el corazón henchido o el botijo. Y claro, si ser español es lo mejor que le puede pasar a un ser humano hay que convenir que no serlo o, peor aún, pretender dejar de serlo, es más malo que un defensa leñero de segunda división.
Y en tal dialéctica no es capaz de nadar cómoda la izquierda, o lo que sea, tan poco española ella, incapacitada para denunciar como antiespañoles a los señoritos con la banderita en el reloj que se llevan la pasta a las Bermudas, que quieren vender desmantelada la Sanidad Pública, regalar autopistas a los colegas del insti y esas cosas.
Se estrena legislatura y los carroñeros habituales comenzaron antes del final del recuento a situar al enemigo en el pedestal que les merece, nada de esperar cien días, eso es para blandengues. Vean a partir de ahora cómo el gobierno y sus apoyos serán tratados sin rubor como antipatriotas. El epitome de todo esto lo firmó el candidato macho que parece salido de un anuncio de Brandy: no me pregunten datos porque yo a España no la llevo en la cabeza, la llevo en el corazón. Y con eso, al parecer, ya basta. ¡Olé!
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