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La danzacción de los Vengadores

14 de Mayo del 2019 - Javier Suárez Piedralba (Piedrasblancas, Castrillón)

Hace unos días tuve la suerte de ver en el cine el cierre de la 'Saga Infinity' de Marvel. Muchos empezamos con esta saga "de casualidad", en la adolescencia o en la pre-adolescencia, y la terminamos conscientemente "de causalidad", en la juventud o en la "segunda" juventud. Aquel viaje iniciado con una propuesta tan chocante como 'Iron Man', perfectamente encarnado y desarrollado por Robert Downey Jr. (¿actúa o es él mismo?), acabó cristalizándose en un crossover gigantesco, el más grande de la historia del cine.

El hambre de superhéroes se tejió con tres trilogías como espina dorsal de la historia de los Vengadores, a saber: Iron Man, Capitán América y Thor. Tres protagonistas que, en su crepúsculo llamado Endgame, dibujaron con sus historias personales, con sus caminos del héroe particulares, los tres grandes géneros: la tragedia de Iron Man, el drama de Capitán América y la comedia de Thor. Y es curiosa esta encrucijada entre el día y la noche en sus historias, pues fue Iron Man quien empezó con la comedia de su arrogante personalidad, fue Capitán América quien empezó con la tragedia de una vida no vivida y fue Thor quien empezó con el drama de un amor entre hermanos mortal y tóxico.

Con la primera película de Los Vengadores, una de las tantas películas que vi en los últimos años de vida del cine avilesino Marta y María (ahora cerrado y con un restaurante de parrillas como proyecto cultural sustituto), alucinamos con la escala de la acción y de los efectos especiales. No con la (des-)proporcionalidad del presupuesto de la película, sino con la (des-)proporción de la batalla, de la interacción de mundos vivenciales tan distintos como el del dios Thor, el millonario Iron Man o el todavía encolerizado Hulk, entre otros. Esa fue la primera gran obscenidad del transmedia, inter-narrativo e inter-audiovisual, de un recorrido de veintidós películas con cinco (y no seis) grandes gemas narrativas del Infinito: Los Vengadores, Vengadores: la era de Ultrón, Capitán América: Civil War, Vengadores: Infinity War y Vengadores: Endgame.

Con 'Infinity War' elevaron la sorpresa todavía más hacia límites insospechados. No quedó personaje heroico sin aparecer, sin interactuar con otro de historia ajena o paralela, tanto en la comedia de los diálogos como en la acción de los combates. ¡Y qué combates! No se percibía tanto el peligro que corría el Universo como el poder de Thanos. La colaboración de los héroes, sus movimientos y coreografías, parecían ilustrar, más bien, una danza, una colección de estilos y habilidades muy distintas, como la magia juguetona de Dr. Strange, el tacticismo bélico de Iron Man, el electrizante poder desatado de Thor o la fiereza salvaje de Black Panther; como nunca antes habíamos visto. Había baile y excentricidad en la acción; había danzacción (o así lo llamo yo ahora).

En 'Endgame' las cosas cambiaron. Había que mirar al pasado, recoger el relevo de veintiuna películas para concluir un viaje de amigos en el banquillo, destinos no escritos o caminos por definir. En esta última película se centraron más en la narración, en la encrucijada de tramas tejidas espaciotemporalmente (y de forma admirable; no es nada fácil hacer lo que hicieron sin volverse loco). Pero la acción, a diferencia de 'Infinity War', no es armónica, no es folclórica de cada casa, mundo o habilidad, sino caótica y agresiva. Se percibe el peligro, la última oportunidad, y los golpes duelen, aspiran a expresar el dolor, el cansancio y la brutalidad, y no las virtudes e inteligencia de cada cual. No hay danzacción en esta última película de la saga, no hay ese dinamismo poético en las escenas de acción, ni cierta elegancia en las coreografías. No hay gracia ni estilo en una escena de acción ni en la acción total de todos los desencuentros de la palabra de la película, porque hay necesidad de supervivencia, y pocos se atreven a bailar en esas circunstancias. De esa forma tan descarnada culmina Los Vengadores de Iron Man, Capitán América y Thor tal cual los conocimos, algo que no deja de perfilar, paradójicamente, la estimable danzacción [narrativa] de una saga de once años y veintidós películas de superhéroes.

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