Involución
La pasada semana cuando fui al gimnasio presencié una escena que me chocó y mucho. Pese a que cuando lo comenté con amigos y familia todos acabaron diciéndome que era lo habitual en esos tiempos, no pude evitar esa rara sensación de estar viviendo una situación anómala, por mucho que hoy muchos-as pretendan entenderla como normal.
Cuando entraba a los vestuarios del gimnasio, me di cuenta de que un chiquillo (de unos siete años) estaba de pie sobre el banco, ocupando el espacio de mi taquilla. A su lado, una persona (que yo supuse era su abuelo), le vestía y ponía los calcetines. Mientras el abuelo se apuraba en vestirlo, el pequeño permanecía absorto, concentrado en el móvil con el que jugaba. El hombre, al percatarse de mi presencia, apuró al niño para que se moviera, pero éste lejos de reaccionar seguía ensimismado, concentrado en su juego.
Esperé unos minutos tranquilizando al pobre señor, que se apresuraba por dejar libre el espacio de mi taquilla, mientras que yo le repetía una y otra vez: "no se apure, no tengo prisa, así me refresco un poco antes de la ducha".
El señor acaba entablando conversación conmigo: "hoy en día es lo que nos toca". Sonreí y le comenté que lo importante era tener salud y ganas, me sonrió y comentó su edad: ochenta y tres años. Le felicité por la edad, por ese ánimo, esa energía, y le deseé que cumpliera otros tantos más con la misma entereza.
-Quita, quita, ya son muchos -me dijo esbozando una sonrisa.
Mientras la criatura me dejaba libre la taquilla, el buen señor siguió hablando conmigo:
-Con dos años quedé huérfano, a mi padre lo mataron esos hijos de... los mismos que hoy vienen vestidos de demócratas.
-No hay derecho -acerté a decirle a duras penas.
Quedé un poco parado porque la situación no era lógica ni medio normal. El anciano con ochenta y tres años, huérfano desde los dos, había pasado por penurias de las cuales ya había tenido cumplido testimonio de mano de mis abuelos, tíos y vecinos, y ahí estaba él, con ochenta y tres años, vistiendo a un nieto con bastante más edad de la que él contaba cuando quedó sin padre. Después de todo lo que había pasado, ahora le tocaba atender al nieto, un nieto que podía pasar perfectamente por un maniquí, porque no reaccionaba más que como haría un muñeco, atendiendo como un autómata a las maniobras que realizaba su abuelo, como si de un paralítico se tratara, y todo ello porque estaba jugando con el móvil.
Conversamos por espacio de unos minutos, mientras guardaba la toalla y las chanclas del pequeño en la mochila. Era imposible no empatizar con él, y según me narraba su dura infancia y lo que los nuevos políticos de la derecha nos querían vender, no pude reprimir mi opinión al respecto. El anciano me miró y reconoció mi simpatía hacia su causa, se despidió y marchó por el pasillo adelante, colgando la mochila del pequeño en su espalda, volviendo a cargar con el peso de la responsabilidad al que lo acostumbraron desde la más tierna infancia. El chiquillo lo seguía por el pasillo, sin inmutarse, con los ojos puestos en la pantalla del móvil, totalmente despreocupado.
Me senté un momento y mientras me cambiaba observé a mi alrededor: varios chiquillos que serían de la edad del que acababa de irse, conversaban a voces desde una esquina a otra del vestuario. Hablaban de juegos, de sus móviles, de las aplicaciones, y lo que más me llamó la atención, de sus perfiles en Facebook o Instagram.
Esto es lo que hemos logrado, el gran logro de la tecnología, la frialdad y el aislamiento más absoluto en el que se pierden las nuevas generaciones, la nula empatía, esa inutilidad manifiesta, que se traduce en un mimo excesivo, tratando a los niños-as casi como objetos decorativos, que enseñamos a las amistades y familia como los turismos de alta gama.
Me preguntaba qué sería de ese buen hombre el día de mañana... ¿recibirá por parte de sus hijos o nieto el mismo trato que él está dispensando actualmente?... Mientras salía de los vestuarios iba pensando en la educación que mis quintos recibieron de abuelos y padres. ¿Cómo podía ser posible que habiéndonos educado como lo hicieron, hoy en día no fueran capaces de procesar y dar continuidad a ese aprendizaje en sus vástagos? Y, en este proceso de regresión, ¿qué sentido tiene cargar de responsabilidad a quien ya tuvo que asumirla desde la más tierna infancia, no inculcándola a quien se debería?
No sé, igual soy yo, yo y la educación que recibí, yo, uno más de los raros especímenes del siglo pasado que aún atienden al respeto a sus mayores, a la educación, etc.
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