Patria y hacer patria
Patriota, por encima de toda definición ajustada académica y asépticamente, si incluimos en ella la práctica sociopolítica, es aquel hombre o mujer que dice amar profundamente su patria a través de la organización que propicia su bienestar laboral y económico, al margen de cualquier otra consideración de carácter emocional o cívica siempre que ésta no perjudique la devota protección de los intereses, espurios o legítimos, poco importa, del agente empleador. Todo lo demás, y no menos importante por complemento esencial, son la transmisión de los dictados narrativos en modo ventrílocuo y los accesorios decorativos a manera de signos externos de pertenencia. El término o finalización contractual, nunca escrita pero sustanciada legítimamente, entre empleado y empleador oficial depende más de la fidelidad al líder que de la valía personal y su aportación al esplendor social del proyecto político. A esto se reduce la patria para algunos, y no pocos, de los llamados servidores públicos: a intereses partidistas y personales revestidos de un decorado embaucador.
Pero una cosa es la patria y otra hacer patria. Es al hacer patria cuando se ponen de manifiesto la decencia de una sociedad democrática. Empezando por los poderes públicos y privados e instituciones del Estado y terminando por el caudal social, todos estamos, de una u otra forma, con mayor o menor responsabilidad, implicados en esa tarea conjunta. Esto, que todos deberíamos entender sin gran esfuerzo partiendo del respeto a la diversidad ideológica, social y cultural, es la clave y piedra angular de la construcción de una sociedad democrática moderna, de un Estado en el que la justicia social y libertades públicas no caigan bajo el descrédito y la sospecha.
En España llevamos siglos intentando construir sobre lo destruido, inmersos en un bucle sin fin que impide el progreso real. El progreso de una sociedad no son los megas y píxeles de la imbecilidad colectiva, ni los caballos de vapor que empujan la vanidad, ni siquiera los millones invertidos en hacer el tiempo más corto. El progreso real de una sociedad se manifiesta a través de la educación, la justicia y sus valores éticos. Sobre estos principios deberíamos construir las sociedades críticas, libres y solidarias.
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