El valor añadido de los sueños
Un ingeniero metalúrgico alemán me contó hace medio siglo unas anécdotas pertinentes. Lo hizo al enterarse que era de Gijón. En la primera me contó que, cuando le dijo a su padre que quería ser ingeniero metalúrgico, su padre le contestó: «¡Mejor granjero de cerdos! Al menos si no los vendes los comes». En otra refirió que visitó Gijón por primera vez a mediados del siglo pasado invitado por un gran industrial que quería que le aconsejase sobre cómo dar impulso a una fundición que era suya. Aquel industrial había logrado un enorme éxito económico internacional con suministros a fundiciones, por ello su consejo fue: «No puedes competir con tus clientes en aquello que les permite pagarte: no puedes tirar piedras sobre tu propio tejado». La última fue que recordaba divertido la espicha en casa de su anfitrión y cómo despertó en un pajar sin saber cómo había llegado allí. Pero su sonrisa sí lo sabía.
Lo que sí podría saberse es cómo llegó Arcelor Mittal a reforzar la importación de acero de Brasil. No podemos competir con los países emergentes en producir slaps, palanquillas o planchón delgado, pero sí en hacerlo mejor aguas abajo con transformados de calidad y alto valor añadido. Quizá fuese preciso disponer de un horno eléctrico, pero con el precio de la electricidad y los vascos por delante no traería cuenta. La cuestión sin respuesta está en los grandes industriales de Asturias y en el valor añadido que le den a esos transformados generando empleos de calidad. Pero sesenta años de espera no dejan opción. Otra sería que fabricásemos suficientes generadores eólicos y de corrientes marinas o que desarrollásemos los que aprovechen los embates de las olas. Convendría construir convertidores electrolíticos anexos para obtener hidrógeno del agua de la mar y almacenarlo como combustible. También fabricar robots y maquinaria para automatizar la selvicultura, la acuicultura, la industria agropecuaria y la alimentaria. Es lo de siempre.
Hace tiempo soñé que Mauritania (que nos vende pellets de hierro) ponía un complejo metalúrgico para construir centrales híbridas termosolares y fotovoltaicas mientras en sus costas cultivaría algas como biomasa captando CO2 y obtendría hidrógeno por electrolisis. Quemada la biomasa, sus residuos servirían para fertilizar y crear oasis: zonas que, junto a una especie de bombas de calor o similar, retendrían y captarían el agua del aire cálido nocturno. Con el combustible de hidrógeno también obtendrían agua como residuo de la energía. Sé que soñar allí tendría posibilidades: que se vendería energía limpia y se llenaría el Sahara de centrales termosolares y de paneles solares. Es obvio.
¿Soñar aquí? No es provechoso. Te convierte en soñador y eso no se valora. Los emprendedores se fueron en busca del valor añadido de sus sueños y ahora toca despertarnos de la pesadilla. Hagamos pactos.
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