Candidatos
Lo que cuento aquí fue unos días antes de las elecciones. Lo digo porque sabe Dios cuándo saldrá esta carta, y las historias, como los yogures, caducan con el tiempo. Si se deja pasar, ya no hay dios que las entienda porque no se ve a cuento de qué se cuentan. Es el caso que iba un servidor calle Santa Susana arriba cuando, a la altura del vivero regional de candidatos, donde los cultivan en cepa, me adelantaron tres señores que avanzaban con aplomo hacia la plaza de España.
El del medio, que parecía llevar la voz cantante, sentenció: "La sanidad pública de España no puede depender de las subvenciones de los ricos". Dijo "subvenciones". No eran tres centauros juveniles, cola de caballo en popa; cualquiera de los tres podía ser el padre de Isa Serra, la de la cruzada contra Amancio Ortega. "No, home, no, la sanidad pública tiene que depender de los impuestos de los pobres, y como ye barata, con lo que sobre se podría aumentar la subvención a los partidos". Lo dije sin alzar la voz pero con la intención de que se me oyera u oyese.
Me sentía fuerte en el tema, pues tenía recién leído un artículo de Domingo Soriano, economista asturiano, competente e independiente donde los haya. Amancio Ortega pagó a Hacienda novecientos veintisiete millones en la última campaña. Sin los miles de pequeños Amancios que emprenden, arriesgan y tienen éxito y los cientos de miles que trabajan, cobran sueldos y consumen, la sanidad se iría al contenedor de la basura con el resto del Estado de bienestar.
¿De dónde sale el sofisticado instrumental de diagnóstico y terapia oncológicos? ¿De la empresa pública? ¿Lo fabrican en la Fábrica de Armas? ¿Lo inventan los liberados sindicales? La iniciativa privada y productiva sostiene con sus impuestos esa plétora de manos muertas que nunca han dado un palo al agua y viven del cuento que nadie cuenta porque no es políticamente correcto.
Aprobarán la oficialidad del bable, manosearán el problema catalán, inaugurarán aquí y allá algún aula de interpretación, saldrán en las tertulias y en los telediarios alterando el acento de las esdrújulas como el señorito Sánchez. Y nadie les correrá a gorrazos porque tienen el monopolio de la gorra que les confiere el estatuto reformado de la autonomía.
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